Por: Piedad Bonnett

Un mundo sin sol

En el recodo de la calle empinada veo un grupito de hombres, mujeres y niños. Sostienen un enorme letrero que dice: “Feliz cumple”. Esperan que desde el edificio de la cárcel El Pedregal de Medellín, con ventanas de 6 centímetros de ancho por 75, los esté viendo el familiar querido que purga una pena. Quizá la mano del cumpleañero sea una de tantas que saludan por entre los barrotes a nuestra comitiva: las gestoras culturales de la Alcaldía, dos jóvenes abogadas, mi amiga Ana Cristina, periodista, quien fue la que me habló de su biblioteca, y yo.

Para entrar a la cárcel tenemos que llevar ropas claras, habernos despojado de todo objeto y pasar tres instancias donde nos requisan y nos toman huellas. Todo es de una rigurosidad enorme. Sin embargo, a la hora de escribir esta columna leo que hace dos semanas hubo una gresca con varios heridos, y que Jorge Carmona, defensor de Derechos Humanos, dice que “en esa cárcel hay armas, licor y otros elementos que motivan este tipo de problemáticas”. Cómo los entran es una buena pregunta.

La arquitectura de la cárcel es opresiva: a pesar de estar ubicada en medio de las bellas lomas antioqueñas, los presos nunca reciben sol en forma directa. Tan sólo un rayito de luz en la cancha del último piso. En los “patios”, que en realidad son pisos, el hacinamiento es total: allí conviven más de 2.200 presos, con un sobrecupo del 56,3 %. No es de extrañar, pues, que en abril del año pasado hayan hecho una huelga de hambre por las precarias condiciones higiénicas de los alimentos, donde a veces encuentran insectos, y porque la comida a veces no alcanza para todos.

En medio de ese mundo sombrío la biblioteca es un oasis de luz y silencio. Allí están los reclusos que hacen de bibliotecarios: muchachos silenciosos, que sin embargo me cuentan cuál es su libro o su frase o su verso preferido. Está Éder, de sonrisa dulce, que describe con humor su tarea, que es ofrecer libros de celda en celda y tratar de conquistar para la lectura. También Paulina, una hermosa mujer trans, que me dicen se siente más segura en la cárcel de varones que en la de mujeres. Y está Juan Camilo, que estaba terminando Historia en la Universidad de Antioquia cuando fue arrestado, acusado por “tráfico, fabricación o porte de estupefacientes”. A él, que fue gestor cultural y asistente de abogados, entre otras cosas, y que reconoce su error, le duelen los casi 11 años a los que ha sido condenado, el desproporcionado operativo para apresarlo que llenó de vergüenza a sus padres —a él, que, dice, nunca ha empuñado un arma— y el recuerdo de sus dos hermanos muertos —uno por una bala perdida, otro ahogado—, cuyas cobijas lo acompañan en este mundo de opresión y ruido, del que escapa a diario para encontrarse con la paz de la lectura. Uno de sus compañeros de celda, me cuenta, perdió a sus padres a los 13 años, cuando fue reclutado por las Auc. Cumple pena por desplazamiento. Historias como esta, y otras de maltrato, pobreza, violencia intrafamiliar, abundan en estas cárceles donde apenas si existe la resocialización. Javier Cercas, el escritor español, me dice: “Un país se conoce por sus escuelas y sus cárceles”. Y yo pienso en las nuestras, inhumanas, que no parecieran sitios de justicia sino de venganza.

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2020-02-09T00:00:33-05:00

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