Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Un nacionalismo viable?

MI AMIGO SIMPLICIO ME REPROCHÓ que en mi columna pasada no presté suficiente atención a la importancia del nacionalismo.

Aun en las peores disquisiciones del más desalumbrado y malicioso de los comentaristas, aquel le habla a un resorte afectivo común a millones de personas.

Tiene razón Simplicio por partida doble. Por un lado, el nacionalismo constituye una parte importante de la identidad contemporánea; por otro, Colombia es un país en donde hay cientos de motivos que habrían de alimentarlo. Es fácil, por ejemplo, sentir indignación ante la atrevida presión del embajador gringo sobre nuestra Corte Suprema de Justicia.

Sin embargo, toda figura pública responsable se debe hacer al menos dos preguntas. Primera: ¿para qué? No me parece muy atractiva la idea de ser soberanos para poder matar, quemar y destruir sin que nadie nos diga ni mu. Si quisiéramos un poco más de respeto en los foros internacionales, una fórmula simple sería pedir que nos ayuden a superar episodios de vergüenza como los falsos positivos. En realidad, podríamos reemplazar la demanda del silencio cómplice de la comunidad internacional por toda una agenda de temas vitales. El principal es cambiar la guerra estadounidense contra las drogas. Pues ella, simple y sencillamente, ha triturado a nuestro Estado. Todos nuestros esfuerzos, como comunidad política que tiene algunos intereses comunes, deberían estar dirigidos a cerrar ese capítulo.

Por cosas de la vida, hoy se abre, todavía de manera muy incipiente, una ventana que para Colombia equivale a un salvavidas. Nuevas voces empiezan a pedir una reconsideración; y los Estados Unidos, por boca de su presidente, proponen algo así como un New Deal del siglo XXI: tímidamente, pues es obvio que aún no le han puesto ningún contenido a la idea. ¿Y qué hacen nuestros gobernantes ante esa oportunidad dorada? ¿Toman la iniciativa, trazan políticas, diseñan propuestas? No. Callan como bacalaos, mientras se aferran en lo interno a las más rabiosas y erráticas prácticas heredadas de la guerra contra las drogas.

Segundo: ¿cómo? Pues lo mínimo que se pide al político serio es que sea realista. Hoy Colombia es un país debilitado, aislado de América Latina, que es su nicho natural de expresión nacionalista. Para hacer oír su voz, el Estado colombiano necesita de acción colectiva, pero ha provocado el rechazo de muchos de sus potenciales aliados. Nuestras autoridades y políticos, por extravagantes que se sientan, no pueden suponer que en un ataque de rabia nos olvidamos de USA y Venezuela y por un acto de voluntad creamos fabulosas y fructíferas relaciones con Lichtenstein, Burundi y Tailandia. Crear mercados toma tiempo, no es fácil. Crear intereses comunes, interacciones estables, etc., toma tiempo. La geografía cuenta. Con interlocutores poderosos, a menudo implacables, uno aprende a negociar, no los castiga con el altanero mohín de un galán de telenovela. Si se está pensando en serio en supervivencia y desarrollo, entonces vale la pena recordar que la experiencia global de las últimas décadas muestra que no es la estridencia, sino la paciente y obsesiva persecución de objetivos de largo plazo, lo que da réditos.

 

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