Por: Lorenzo Madrigal

Un nuevo amanecer

HACÍA MUCHO QUE EN BOGOTÁ NO ponían bombas. Recuerdo la de la 93 y en Medellín la del Parque Lleras y otras cuantas. El amanecer del pasado jueves tuvo un despertador algo ominoso para los habitantes de la calle 67, al norte y alrededores.

No es, por supuesto, atribuible al nuevo gobierno este despertar ruidoso en medio de la continuidad silenciosa en la que nos habíamos embarcado, con la presidencia de Juan Manuel Santos. Pero algo tuvieron que ver la visita del señor Chávez y el encuentro de San Pedro Alejandrino, así como los augurios de una paz formal en la región, amenazada por el dictador tropical de Venezuela.

A alguien no le gustó que se cambiara por diplomacia el desafío abierto del presidente Uribe al dictador Chávez, especialmente el desafío de última hora, tras una larga paciencia, que había tenido frente a sus provocaciones. El odio al coronel venezolano es proverbial en Colombia y está medido con estadísticas. De ahí que el acercamiento propiciado por Santos, en aras de una paz diplomática (con todo y lo melíflua que ha sido siempre la diplomacia) pudo molestar a hirsutos rambos de la preguerra.

Es esta la hipótesis que acojo, en la que acaso rompo el esquema de “los mismos de siempre”, como autores de la fechoría. Santos, al menos en estos primeros días, ha parecido un candidato de oposición triunfante y corrector del gobierno que le precede. El uribismo está en ascuas o debiera estarlo, si es que no se ha dado cuenta de las diferencias de estilo y de forma que exhibe el nuevo gobierno. Y no es que el uribismo ponga bombas, pero de pronto sí el para-uribismo.

Personalmente no asumo, y me pellizco, para entender que Juan Manuel Santos es ahora mismo el presidente de Colombia. Aún tengo viva la imagen del joven barbirrubio que desplegaba su pitillera dorada para ofrecernos cigarrillo, en la biblioteca de Betancur, durante una reunión de periodistas de distintos sectores.

Pero es cierto que llegó al poder y ya lo vemos luciendo la sedosa banda presidencial, entre ditirambos de sus publicaciones amigas. La revista Semana, por ejemplo, le adjudica reelección inmediata para tener, sumados a los de Uribe, “Dieciséis años de buen gobierno” ( casualmente el nombre de su centro de estudios políticos).

La elegancia y el buen gusto, se dice en las notas sociales, imperarán ahora por los lados de la Casa de Nariño, que bien debería regresar a su antiguo y más clásico nombre de Palacio de la Carrera.

Que el nuevo amanecer del día 12 no se repita, que los heridos sanen, que Darío Arizmendi siga dando pruebas de su firmeza periodística, capaz de cubrir, sin tremores de voz, su propia muerte, como la banda musical del Titanic. Y que el buen gobierno de Santos no sea tan bueno que nos dure ocho años, porque eso cansa.

 

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