Por: Manuel Drezner

Un “Otelo” lleno de símbolos

Es bueno que la producción del inmenso Otelo, de Verdi, que presenta el Teatro Colón, sirva para que el director escénico Willy Decker demuestre que se puede hacer una dirección escénica moderna y de buen gusto sin necesidad de destrozar los conceptos de los creadores. A veces hay unas versiones muchas veces absurdas que nada tienen que ver con lo que quisieron libretista y músico y que, justamente, han sido bautizadas como eurotrash y que, además, alejan al público de forma multitudinaria. Decker, en contraste, hace un Otelo con una escenografía minimalista, pero sin cambiar nada de lo que quisieron Boito y Verdi; por el contrario, destaca el drama del libreto. Hay quienes dicen que Boito superó la concepción original de Shakespeare, así suene a herejía. Lo cierto, para dar un ejemplo, es que el muy shakesperiano Credo de Yago, que tanto agrega al drama, no existe para nada en la obra del inglés.

El centro del montaje es una cruz blanca gigante, que usan los personajes para indicar en forma simbólica lo que les ha pasado. Otelo, el moro que ha dejado su viejo mundo y se ha unido a los cristianos de Venecia, rompe la cruz cuando, por la supuesta traición de Desdémona, decide volver a lo que fue. Yago, por su parte, la desprecia y Desdémona, al final hace esfuerzos desesperados por volver a armar esa cruz que destrozó su marido. Igualmente, Decker introduce, en la escena inicial del primer acto, una representación con máscaras de la comedia del arte, donde los personajes de la antigua farsa (como los llamó Benavente) reflejan con su paralelismo de vestuario a los personajes de la ópera. Otro símbolo fue introducir un espejo gigante en una escena, como para que los personajes pudieran ver sus sentimientos, aunque personalmente creo que ese espejo rompe la unidad de sencillez del resto del montaje y nada aporta al desarrollo dramático. Lo importante del montaje es que, dentro de un concepto contemporáneo, es absolutamente fiel al original y con eso se prueba que Verdi y Boito sabían lo que hacían, mucho mejor que esos arrogantes directores escénicos que he mencionado.

La interpretación musical fue de altura, así las voces de los cantantes no fueran siempre gratas, pero en ningún momento perdieron el impacto teatral que deben tener. En obras como Otelo es claro que el desarrollo dramático es más importante que el bel canto que ya había pasado de moda cuando la obra se compuso y desde ese punto de vista la representación del Colón debe catalogarse como un auténtico triunfo.

 

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