Por: Juan Gabriel Vásquez

Un país de formas

IBA YO POR LAS CALLES DE BOGOTÁ, oyendo no me acuerdo qué programa de no me acuerdo qué emisora, cuando tocó el turno de las propagandas.

Terminó algún anuncio y una voz humana, o algo que parecía una voz humana, ocupó los últimos segundos diciendo cosas que ningún oído humano hubiera podido entender. Yo iba con un amigo extranjero que alcanzó a decirme: “Se ha dañado tu radio”. Luego el radio siguió sonando normalmente: la gente hablaba y sus palabras se entendían, lo cual es el objetivo de hablar en casi todos los casos (hay excepciones). Mi amigo no lo sabía, y no lo habría sabido nunca si yo no se lo hubiera explicado en ese momento, pero lo que habíamos oído era una advertencia a la que algunos anunciadores están obligados por ley. Es decir: la ley considera que el público tiene derecho a saber algo de ese producto —una rifa, un medicamento—, y obliga al anunciante a decirlo al final de su anuncio. La información, grabada a una velocidad ridícula, no se entiende, pero eso no importa: está ahí, la ley se cumple, todos tranquilos en este país de formas.

Colombia es un país de formas: el fondo no importa mucho, nunca ha importado, y menos cuando estorba. Hablo de un programa de radio del que me olvidé en cuestión de horas, pero cualquiera entiende las implicaciones del asunto. Es porque Colombia es un país de formas que un presidente puede reformar la Constitución en beneficio propio, y es por eso que se discute un referendo para hacerlo por segunda vez: aunque la democracia como idea quede más bien mal parada, no se está violando ninguna ley, y las formas se cumplen. Es porque Colombia es un país de formas que la droga sigue siendo ilegal: la ilegalidad convierte un grave problema de salud pública en una gigantesca industria de corrupción, violencia desenfrenada y descomposición política, sumado todo al grave problema de salud pública. Pero nada de eso les importa a los legisladores. ¿Cómo vamos a prohibirles a nuestros hijos consumir algo que es legal?, dicen los partidarios de la prohibición. Y ahí está: que la prohibición genere más problemas de los que resuelve es lo de menos. Lo que importa es qué mensaje se manda. Es cuestión de formas.

Cuestión de formas. El Presidente les pide a los congresistas “que nos han apoyado” votar una ley cualquiera “mientras no estén en la cárcel”: los congresistas han perdido toda legitimidad moral, pero eso es lo de menos, y hay que apurar el voto antes de quedar legalmente inhabilitados. Cuestión de formas. A los desplazados se les llama migrantes, a los civiles asesinados se les llama falsos positivos. El lenguaje falseado, la retórica vacía, son parte de las tradiciones de este país donde se habla, nos dicen, el mejor español del mundo. Otro tema son las cosas que se dicen, o la distancia entre lo que se dice y lo que se hace.

Alguien alguna vez me felicitaba por venir de un país donde los presidentes traducían la Eneida. “Un presidente humanista”, me decía esta persona. Yo no le expliqué que ese presidente había convertido a Colombia en un Estado confesional, había pisoteado la libertad de prensa y transformado el destierro de los enemigos en su arma política preferida. No lo expliqué porque, bueno, sigue viéndose bonito que un presidente de mi país haya traducido la Eneida. Cuestión de formas.

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