Por: Felipe Zuleta Lleras

Un país de leyes…

NO PRETENDO, NI MÁS FALTABA, cuestionar por el resto de mi vida a quienes de una manera u otra han tenido el privilegio de llegar a las altas cortes.

Muchos lo han hecho por su calidades académicas, otros no tanto. Por eso jamás se podría poner en la misma línea a magistrados de la talla del doctor Carlos Gaviria, fallecido esta semana, con el doctor Jorge Pretelt.

El maestro Carlos Gaviria sin lugar a dudas fue un ser humano excepcional. Estudioso, liberal de pensamiento, honesto, en fin, un colombiano ejemplar. Y no solo él, sino los magistrados que hicieron parte de la primera Corte Constitucional, que tuvo origen en la Constitución de 1991.

Por eso resulta muy difícil asimilar lo que está pasando hoy con la Corte, que recientemente se ha visto envuelta en escándalos que nos han hecho perder la fe en la que otrora fuera una institución respetable.

El Gobierno a las volandas ha tratado de apagar el incendio, dictando decretos y poniéndole el acelerador a la llamada reforma de equilibrio de poderes. Por supuesto que eso no va a solucionar los problemas de fondo, porque de nada sirve tener la mejor legislación del mundo, cosa que no es cierta en Colombia, si quienes deben aplicarla son corruptos, ineptos y tracaleros.

Nuestro país es tal vez uno de los que tienen leyes para todo. Y anualmente se expiden otras más. Son tantas que no conozco a nadie, ni siquiera a alguna entidad del estado, que sepa cuáles leyes están vigentes y cuáles no. Nadie ha culminado con éxito ese trabajo y, por supuesto, eso abre las puertas a que los jueces de la República y los funcionarios encargados de aplicar la ley invoquen, en no pocas oportunidades, hasta normas que ya han sido derogadas.

Esto pasa fundamentalmente porque mientras la legislación, en cualquier tema, trata de ser de país desarrollado, Colombia sigue siendo una república bananera, comparable con cualquiera nación africana.

No tiene sentido hablar de temas relacionados con el Estado de derecho y la institucionalidad, cuando los gobernantes hacen lo que les da la gana y se pasan la ley por la faja o, peor aún, la hacen a la medida de sus necesidades.

Es lamentable todo lo que ocurre, pues simplemente no existe la menor posibilidad de que alcancemos niveles de desarrollo respetables, cuando las ramas del poder no funcionan y nuestras leyes ni siquiera las conocen quienes deben aplicarlas.

La culpa de todo, claro está, es de nosotros los colombianos, que no castigamos a los candidatos y, más bien, seguimos votando por ellos, creyéndoles todo lo que dicen para incumplir después. Además, nos hemos creído el cuento de que somos el país más feliz del mundo.

Y así, entre cuento y cuento, nos van clavando nuevas leyes y nuevos impuestos sin vaselina, y cuando nos damos cuenta estamos reventados por cuenta del Estado cleptómano, ineficiente y perezoso.

Pero bueno, ni para qué seguir con esto, si a la postre seguiremos en las mismas y con los mismos. ¡Qué tristeza!

 

 

 

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