Por: Arturo Guerrero

Un país entrampado

Gane el que gane, el otro le va a hacer la vida imposible. No lo dejará gobernar. Si este otro, el perdedor, controla el Congreso, la justicia y las “ías”, procurará declararlo inhabilitado, acribillarlo con sanciones y multas. Como, en efecto, representa los intereses de empresarios e inversionistas, se llevará los capitales para el exterior, quebrará la economía.

Si, por el contrario, el otro, el derrotado, se convierte en líder de la oposición, llenará las calles de marchas para rechazar el fraude. Tronará desde los balcones a su alcance, alzará el puño, aguijoneará multitudes. Su primera meta: urgir la revocatoria del mandato.

En la trasescena de esta discordancia figura como motor la ambición de largo plazo. Ninguno de los dos se juega por cuatro años. No. Uno aspira a prolongar un régimen, otro a instaurar un modelo. La historia los ubicó en el instante del desenlace.

Para conseguir un propósito o el otro, se necesitan por lo menos veinte años. Claro que ambos candidatos observan con ganas el mundo, donde los mandatarios de las potencias se engolosinan como emperadores perpetuos.

Se han entrenado a fondo. El expresidente que no se puede nombrar mantuvo contra las cuerdas durante ocho años a su sucesor, le dañó su paz, le importunó su Premio Nobel. El exalcalde de funcionarios efímeros y subsidios calculados espoleó a sus seguidores para sabotear a su relevo y reclamar su revocatoria.

Esos períodos fueron apenas un adiestramiento. Lo que viene será la batalla final. ¿Cuál de los dos es más populista? ¿Cuál, más autoritario? ¿Cuál esconde más libido del poder? Si el país se resuelve por la polarización, da lo mismo cuál gobernante hará trizas la democracia, la libertad, el respeto por una ciudadanía múltiple, diversa, zarandeada.

Colombia es de los pocos países latinoamericanos que no ha vivido una dictadura. La de Rojas Pinilla fue dictablanda, instalada y expulsada luego por los mismos. Esos mismos que hoy agitan el espanto del contradictor para inyectar el miedo que les permitirá reinar por los siglos de los siglos, merced a la enguantada dictablanda aplicada desde los siglos de los siglos.

  Tampoco le ha llegado el ventarrón de las dictaduras proletarias. Siempre ha vivido con cien años de retraso. Mientras Europa y Asia guardan en museos los estragos provocados por los atroces salvadores del pueblo, Colombia no se ha enterado del fin de la Guerra Fría ni de la caída del Muro de Berlín.

Por eso aquí todavía nos encarnizamos entre partidarios de extremos. Los “ultras” nos arrastran hacia el ángulo del capitalismo salvaje o hacia el rincón de los modelos de Estado asfixiante. Nos pintan un escenario de dos perspectivas antagónicas, una de las cuales sobrevivirá solo si aniquila con sangre a la otra.

Estamos entrampados, aturdidos como globos en remolino. Pocos sueñan con construir sobre lo construido. Pocos atienden la voz que incluye y que empuja hacia un país de todos donde los débiles, los viejos, los niños, los dolientes, los inútiles, tengan un lugar bajo los cielos.

[email protected]

Buscar columnista