Por: Juan Felipe Carrillo Gáfaro

Un país hostil

Hace un par de años, solicitando una de esas visas eternas que otrora nos tocaba pedir, una representante diplomática de otro país habló rápidamente con mi esposa, connacional suya, de su experiencia de vida en Colombia. Al parecer la funcionaria estaba de salida y mientras verificaba los documentos iba, a manera de catarsis, pensando en voz alta. Entre todo lo que dijo, negativo y positivo, me quedó sonando una frase que siempre intenté controvertir a ultranza porque me parecía salida de contexto e injusta con una gran parte de nuestra sociedad. Decía esta persona que muchas de las cosas buenas que pasaban por estos lares y de las cuales nos sentimos orgullosos eran una cortina de humo y que si uno las analizaba en detalle se caían por su propio peso. Para hacer entender esta desmesurada sentencia, y sin pedirle ningún tipo de justificación, la funcionaria alcanzó a mencionar el prejuicio positivo según el cual nuestra gente, “mi gente”, es en su mayoría amable por naturaleza y, a diferencia de otros países, no solo es cálida sino también feliz y está dispuesta a ayudar al otro sin dudarlo. Desde su perspectiva, y basándose en su experiencia de vida en Colombia, esta supuesta amabilidad era tan artificial como un jugo de paquete y lo que en la superficie parecía genial, en el fondo era sinónimo de oquedad.

Mi reacción inicial frente a esta idea fue criticarla y siempre pensé que esta persona había vivido amargada en nuestro país, que no había entendido nada, y que había desperdiciado gran parte de su experiencia. Siempre pensé, como lo tituló García Márquez en ese hermoso discurso para recibir el premio Nobel, que “La soledad de América Latina” radicaba en la falta de comprensión de nuestra cultura en otras latitudes y que se necesitaba más que una simple estadía diplomática o como expatriado para entender realmente lo que somos y hacia dónde vamos. Con el pasar del tiempo y con los recientes acontecimientos relacionados con esa paz marchita de futuro incierto, me di cuenta de que nuestra realidad tampoco se comprende con ojos colombianos y que cualquier interpretación sobre lo que nos caracteriza, no es más que eso, una simple interpretación de algo que ni siquiera sabemos qué es.

Hace bien Reinaldo Spitaletta en recordarnos en una de sus más recientes columnas cómo “ser colombiano puede estar ligado a la desazón suprema de llevar en las sangres derramadas un resentimiento”. De igual manera, también vale la pena la reflexión del columnista Mario Morales sobre cómo somos un país de profecías cumplidas (autocumplidas diría yo) y cómo a fuerza de andar desconfiando desde un inicio de las intenciones de paz y de nuestra capacidad oculta de vivir en paz logramos destruir en un segundo lo que llevamos construyendo en meses. Un ejemplo perfecto de esto es la incomprensible impunidad que hay detrás de los asesinatos de mujeres y hombres en todo el país. Cualquier denuncia al respecto, como le sucedió a Karina García, ha sido en vano y las “autoridades” terminan reaccionando cuando ya no se puede hacer nada: ahí sí se despliega media fuerza pública a ver qué fue lo que pasó. Tarde, muy tarde.

En el fondo, y esto es quizás lo que más duele, situaciones como esta última son el reflejo de lo frágiles que nos hemos vuelto a causa de la violencia que hemos vivido. De forma absurda no es culpa nuestra, pero es culpa nuestra: nos hemos creído el cuento de que somos muy buena gente, pero si analizamos nuestros comportamientos cotidianos en diferentes contextos y la manera cómo pensamos en el otro, nos hemos convertido en un país hostil enmarcado, como lo muestra Ricardo Silva, en un Estado hostil. La mayoría de nuestros políticos, desde Uribe y sus marionetas, hasta Petro y su legado, pasando por esas nuevas generaciones que paradójicamente nos quieren hacer votar por miedo con cuentos retrógrados como el “parques para las familias y no para los jíbaros” (como si todos los parques fueran un expendio de droga), nos han ido alimentando esa sensación de hostilidad. Personas como Márquez y su senil séquito de narcotraficantes nos han dado una difícil estocada para ser capaces de demostrarnos a nosotros mismos que podemos ser diferentes. El reto es enorme y se acrecienta con el pasar de los días: recomponer esas buenas intenciones que nos han caracterizado, sanar y cerrar esas heridas que siguen abiertas, darse cuenta de lo afectada que se encuentra nuestra conciencia colectiva cuando escuchamos una noticia de regreso a la guerra como la de la semana pasada por más de que las estadísticas demuestren lo contrario.

No sobra estar vigilantes a todo lo anterior para mantener la mente libre de tanta toxicidad. No sobra que nos cuidemos entre todas y todos para soportar la vida en medio de tanta muerte. No sobra aprender a recibir críticas constructivas y a hacer lo posible para intentar mejorar. Aunque nos cueste hablar entre nosotros y estemos muy sensibles para recibir comentarios con los que no estamos de acuerdo, no sobra hacer un esfuerzo para combatir ese desgreño social que hoy nos invade y hace que nuestra bondad interior parezca una espesa cortina de humo.

@jfcarrillog

880539

2019-09-11T14:26:51-05:00

column

2019-09-11T14:26:51-05:00

ficaco04_81

none

Un país hostil

15

5814

5829

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Felipe Carrillo Gáfaro

“Doctores” a cualquier precio

La vida irrespetada

El llanto de los héroes

¿Qué está pasando en Colombia?

Casi perfecto