Por: Reinaldo Spitaletta

Un país llamado Ingrid

Tal vez fue la noticia de que Ingrid Betancur estaba grave; que tenía hepatitis B y leishmaniasis, y que además había decidido no vivir más, para que otra mujer, en la ciudad, lejos de los secuestrados, se “emperrara” a llorar. Era increíble la manera de hacerlo: se contorsionaba y gritaba: “¡Pobre Ingrid, pobre país!”.

Su gesto era de una tristeza que parecía no caberle en el cuerpo. Yo intentaba consolarla, por ejemplo, con decirle que este era un país de desastre, sin remedio y que estuviera segura de que la señora francesa y colombiana era un símbolo de la desgracia política y social en la cual está inmersa Colombia desde hace años.

Pero nada. La mujer continuaba con su llanto y de pronto paraba. “¡Pobrecita!”, declaraba con ayes y desencantos. Esa mujer, muy cercana a mí, me dio la impresión de tener más humanidad que la del gobierno, que se ha opuesto al intercambio humanitario, y desde luego más que la de sus secuestradores.

De pronto, la mujer, que ya tenía los ojos irritados, la emprendió contra el gobierno, dijo que a ese gobierno miserable poco o nada le interesaba la suerte de los secuestrados. Que más bien los dejaría pudrir en la selva. “Es un país absurdo”, dijo. Quizá en esta última frase estaba encerrado el misterio.

Qué país absurdo es este. Los índices económicos suben, hay prosperidad para las entidades financieras, para los magnates, pero al mismo tiempo aumenta la brecha entre éstos y los desposeídos. Cada que detienen a algún parapolítico (o un miembro del parauribismo, como dice un senador de izquierda) surgen columnas de humo para ocultar el hecho, para minimizarlo, o convertirlo en asunto de farándula.

Cantamos goles cuando otros lloran. Nos dedicamos a las telenovelas, como una evasión, o para no pensar, porque dicen por ahí que quien más piensa es quien más sufre, y parece ser mejor estar alienados. O eso es lo que indican los indicadores: cómo va a ser posible que un presidente tercermundista que apoyó la barbarie gringa en Iraq tenga tan alta popularidad. Ahora, ¿qué es la popularidad? Bueno, puede ser un concepto farandulero, de mercado, de propaganda.

Es absurdo el país. No porque tenga un conflicto armado de casi sesenta años, casi los mismos años que se cumplen del asesinato de Gaitán, sino porque no ha podido resolverlo. O no ha querido. Que dicen que la paz entra por el estómago. Que es más fácil crear justicia que dedicarse a las balaceras.

Es absurdo por una guerrilla obsoleta, en la que antes sus adalides se morían de viejos (ahora se mueren de bombazo) y tenían alguna idea. Y porque con el cuentito del “mal menor”, que no es más que un atropello a la razón, parece haber en cada colombiano un paramilitar.

Veamos, por ejemplo, que la marcha del 6 de marzo, contra el paramilitarismo (los medios de información decían contra la violencia), fue acusada por el asesor del popular presidente como si fuera una invención de las Farc. Con lo que, además, de modo absurdo e irresponsable, les colgó una lápida a sus organizadores. Ya han caído asesinados seis de los participantes en la demostración de resistencia civil contra la ignominia paramilitar.

Es un país absurdo, con cuatro millones de desplazados, con pobres a granel, con desempleados, con destechados, con secuestrados, con paramilitares redivivos que amenazan embajadas. Y lo más triste, en medio de un paisaje de melancolía: es un país de lambones. No falta quien diga que los pobres son pobres porque quieren ser pobres. Algo parecido pudo pensar el ministro de Agricultura en el caso Carimagua: esos desplazados no merecen tierra. No producen nada.

Pero, a la larga, qué importan los marginados. “Deben de estar pagando lo que hicieron en otras vidas”, le escuché decir alguna vez a un hombre de una organización esotérica. En el absurdo está también la irreflexión, la emotividad. Ah, verdad que “Colombia es pasión”. Y así no hay debate, ni respeto por el pensamiento del de la otra orilla, sino insultos y un cultivo del odio.

Es absurdo, por ejemplo, que el Congreso, cuando debía estar debatiendo asuntos de fondo, le hagan un corrillo a una senadora porque dijo que este es un Estado mafioso –en su intervención ella lo demostró-, cuando debían dedicarse por ejemplo a profundizar en las causas del conflicto y de su solución, o de la parapolítica, un asunto de enorme gravedad.

De tanta gravedad como la salud y el estado de Ingrid Betancur. Y aquí vuelvo a ver la cara desencajada de la ex congresista secuestrada, pero, más que la de ella, la de la mujer que tengo al frente y que no para de llorar porque no entiende por qué hay tantos abismos y trapisondas para un acuerdo humanitario.

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2008-03-28T18:08:30-05:00

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