Por: Columnista invitado

Un país que camina con las víctimas

El 9 de abril ha sido instituido como el Día de Memoria y Solidaridad con las Víctimas del Conflicto Armado Interno. Este reconocimiento es ordenado por la ley pero, por lo que se puede apreciar este año, las voluntades de muchos actores se están movilizando más allá del mero cumplimiento de un mandato legal.

Basta apreciar el amplio y diverso conjunto de actividades previstas en diversos lugares del país. Algunas buscan el reconocimiento simbólico, la memoria y la dignificación de las víctimas, como la sesión permanente en el Congreso, en la cual la representación nacional dedica el día a escucharlas, o la presentación en Medellín de Inxilio: El sendero de las lágrimas, mediante la cual el Gobierno les brinda un homenaje. A ella se suman actos de conmemoración en varias ciudades, ceremonias públicas en otras y marchas en Montes de María, Bogotá, Mitú, Pasto, Buenaventura y Valle del Guamuez.

También en Montería se realizará un acto de restitución de tierras, mientras que en Bogotá y Risaralda habrá concentraciones de autoridades y funcionarios para fortalecer la capacidad de respuesta de la institucionalidad a las víctimas. Es decir, el reconocimiento y el trabajo, lo simbólico y lo concreto, ambas dimensiones como parte de una sola intención.

Todas estas iniciativas expresan un dinamismo iniciado por la Ley de Víctimas, pero que va mucho más allá de la norma: una suma creciente de voces que empieza a reconocer la magnitud del conflicto, a escuchar la voz de quienes lo han sufrido en carne propia y a hacer suyo el reclamo por la paz. Se va entendiendo que la reparación es también una expresión de la paz, que ésta no sólo se construye en la mesa de negociaciones, sino en la reconstrucción de las comunidades asoladas por la guerra y en la recuperación de los proyectos de vida de las víctimas.

Este dinamismo da cuenta de un movimiento no tan visible pero que pugna por hacerse un espacio en la conciencia colectiva de todos. Así, se expresa que al país le importan las víctimas y que no puede prescindir de ellas en todos los proyectos en los que se empeñe. Hay un elemento de profunda humanidad en todo ello. Se trata de un reclamo ético que invita al país en su conjunto a no olvidar que la suerte de las víctimas es la suerte de todos y, por tanto, la suerte de cada uno de los que vivimos en él. Es una invitación a una solidaridad activa con un proyecto que involucra millones de vidas de compatriotas. En él podemos reconocernos como iguales en un proyecto de construcción colectiva, superando en lo posible las diferencias con las que solemos mirarnos.

Las expresiones diversas nos hablan también de un asunto adicional. La entrega de una indemnización no refleja del todo la contribución del Estado en la reconstrucción del proyecto de vida de las víctimas. Además de otras medidas, todas necesarias (salud, educación, vivienda, proyectos productivos, etc.), se requieren actos simbólicos que expresen el sentido de todas estas iniciativas. Estos actos nos permiten expresar el reconocimiento del Estado y de la sociedad hacia las víctimas.

Acaso no es casual que entre las actividades de esta semana se hayan organizado marchas y caminatas. En ellas, muchas personas, autoridades y funcionarios caminarán junto a las víctimas, expresión simbólica de un país que comienza a caminar junto a sus víctimas.

 

*Paula Gaviria /Directora de la Unidad de Víctimas.

 

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