Por: Ricardo Bada

Un Paraíso imposible

Todos los idiomas han aportado su granito de arena a la globalización del entendimiento humano.

No hablemos del griego ni del latín ni del árabe, grandes proveedores de palabras universales: ecuménico, ley, álgebra. Hablemos en cambio del castellano (junta), del alemán (blitzkrieg), del francés (restaurante), del checo (robot), del italiano (graffiti), del neerlandés (babor y estribor), y sin necesidad de mencionar el inglés, cuya preeminencia agobia, hablemos del japonés, pues hay varias palabras niponas universales: bonsái, harakiri, kamikaze, para no decir sino tres. Y la última es la que está más difundida y es la más actual.

Me gustaría precisar que el vocablo kamikaze significa ‘viento divino’ y designa aquel viento mítico desencadenado por los dioses del olimpo japonés, en el año 1281, contra la flota chino-tártara que pretendía conquistar el Imperio del Sol Naciente. Sin embargo, a partir del 17-5-1944, cuando el comandante Katushiga se estrelló suicidamente con su avión contra un destructor de la Marina estadounidense, kamikaze designa al hombre que se inmola por una causa, destruyendo o tratando de destruir al enemigo de ella.

 En el caso de los fundamentalistas musulmanes sucede además que el kamikaze dizque tiene garantizado el Paraíso, de tal manera que acude a la cita de la muerte con toda deliberación, hasta contento. Pero ya sabemos que los dioses escriben derecho con renglones torcidos, y eso me lleva a contarles una historia verídica ante cuyo desenlace uno no sabe bien si echarse a reír o a llorar.

Les cuento pues la historia de un kamikaze palestino, Mahmud Sharif. Los explosivos que llevaba atados a su cuerpo no explotaron cuando intentó hacerlos detonar, sólo explotó el detonador, y Sharif perdió el conocimiento. Cuando lo recuperó, se encontraba en un hospital, pero él creía que había muerto y estaba en el Paraíso. Nada de lo que le decían, ninguno de los objetos que le mostraban, nada lograba sacarlo de esa convicción. Hasta que uno de los oficiales que lo interrogaban se extrañó: “¿Así pues, también hay israelíes en tu Paraíso?”.

Recién entonces empezó a comprender Mahmud Sharif. Ojalá nadie le hable nunca del canto 28° de La divina comedia del Dante, donde se describen los suplicios que padecen los condenados al noveno foso del octavo círculo del Infierno, entre ellos su profeta Mahoma. Y es que todos los paraísos y los infiernos están hechos a la medida del ser humano y hasta un poeta tan grandioso como el Dante tenía sus cuentas pendientes con amigos y enemigos: en el fondo, La divina comedia es su factura.

 

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