Por: Santiago Montenegro

Un poco dios, un poco chivo

EN LA MAGNÍFICA COLECCIÓN DE arte del Banco de Colombia de Bogotá, se presentan dos imágenes de Simón Bolívar que parecen referirse a dos sujetos completamente diferentes.

A un lado se localiza una réplica de la estatua de Tenerani, que se encuentra en la Plaza de Bolívar, en la que se presenta al Libertador con divisas militares, una capa colgando sobre sus hombros, en la mano izquierda un pergamino enrollado que simboliza la constitución y, en la derecha, la espada con la que liberó a cinco repúblicas. Es el Bolívar inmortal, con un perfil griego que, se dice, el escultor copió de otro que Roulin le había hecho en Bogotá en 1828. El escultor claramente buscaba idealizar a Bolívar y contagiar a los espectadores de sus presuntas devociones y virtudes cívicas. Es el Bolívar mítico, el héroe, el santo laico o cuasidiós, que mira hacia la eternidad. Por otro lado, junto a la réplica de Tenerani se encuentra uno de los retratos que José María Espinosa hizo del Libertador. Es una imagen que representa al Bolívar de carne y hueso, unos dos años antes de morir. Es un retrato que está mucho más cerca de las descripciones de quienes lo conocieron, como las que hace el general Ducondray Holstein en sus Memorias de Simón Bolívar (Terra, 2010). Según Ducondray Holstein, en su exterior y fisonomía, en Bolívar no había nada que pareciera extraordinario o imponente. Su cara era larga, dice, sus mejillas huecas, la piel de un color bronceado amoratado, ojos de tamaño mediano y muy hundidos en su cabeza, con bigotes muy grandes, de cuerpo muy delgado. Aunque tan solo tenía 38 años, su apariencia era de unos 65. Al caminar, movía los brazos continuamente y cobraba un aspecto salvaje y oscuro cuando estaba enfurecido y sus ojos se tornaban animados, gesticulaba y hablaba como un desquiciado, amenazando con dispararle a todo aquel con quien estuviese disgustado.

Estas dos imágenes de Simón Bolívar se ajustan casi a la perfección a las dos facetas que Ortega atribuye a quienes llama los “grandes políticos”, esos poquísimos genios que logran cumplir con las características de los hombres de acción y también con las de los intelectuales. Según Ortega, en su Mirabeau o el político, esos genios tienen, como complementos a su grandeza, también cimientos subterráneos y oscuras raíces. Argumenta que se caracterizan por la impulsividad, la turbulencia, el histrionismo, la pobreza de intimidad, la dureza de la piel. Dice que sus virtudes son diferentes a las de la gente corriente. Enfatiza que son personas sin escrúpulos y que de ellos no hay que esperar la veracidad, la honradez o la templanza sexual. Señala que son cazadores de mujeres, como Mirabeau, de quien se dice que no conoció sino faldas, muchas faldas. Por todo ello, Ortega retrata a los grandes políticos como Los Titanes de Miguel Ángel, los cuales son, a la vez, más que hombres y también menos que hombres; son, a la vez, un poco dioses y también un poco chivos.

Y por una ley no escrita aplicable a todas las épocas, esos grandes políticos, como Bolívar, en su afán de grandeza, acaban rodeándose de aduladores, de cortesanos, de lacayos, quienes en su afán por ganar favores y prebendas aíslan al gobernante de la realidad, lo secuestran y le hacen un daño enorme, cuando no terminal. La biografía de Ducondray Holstein, al que igual que la de José Rafael Sañudo, resalta a ese Bolívar un poco chivo. Para llegar a tener una comprensión exhaustiva del Libertador, su lectura es muy recomendable.

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Montenegro

Hola, soledad

El Bicentenario

Así no somos viables

Encuestas, marchas y votos

La ley de financiamiento