Incendian uno de los camiones que transportaba donaciones para Venezuela

hace 28 mins
Por: Pablo Felipe Robledo

Un positivo y mil impunidades

En una columna titulada “Presidente: gobierne” y publicada antes de que salieran los pésimos resultados de las encuestas efectuadas al filo de los 100 primeros días del gobierno Duque, insistí, por el bien del propio presidente y del país, en la necesidad de que no solo dejara a un lado tanto canto y reunión con la farándula, sino que se concentrara en mostrar el rumbo que nos trazaría a los colombianos y, sobre todo, que se apersonara de los grandes problemas nacionales. Es decir, sugerí que fuera selectivo en las prioridades para ser efectivo.

Por lo anterior, es también importante reconocer y celebrar, sin ninguna avaricia, que la imagen del presidente Duque ha tenido un importante repunte como lo muestran las últimas encuestas. Eso se refleja, además, en el clima de negocios y en el ánimo de los colombianos. En mi caso, me encanta que a los presidentes les vaya bien y para ello hago críticas.

Claro está, la popularidad del presidente Duque ha subido por cuenta de su discurso contra el Eln, el incremento de las operaciones contra la delincuencia y su relevante rol en la crisis de Venezuela, temas nada “pacíficos” pero que le han permitido mostrar liderazgo.

Ahora bien, es importante que en el esfuerzo del presidente Duque de dialogar con los distintos partidos para destrabar su gobierno y consensuar una agenda no se abandonen y, muy por el contrario, se concreten acciones eficaces contra la corrupción, que volviendo a las encuestas sigue siendo una prioridad nacional. No en vano, según la última de Datexco, el 68% de los colombianos cree que el gobierno Duque no está luchando contra la corrupción, y además, salvo la Contraloría, todos los órganos judiciales o de control tienen un índice de opinión desfavorable superior al 60%.

Esto obliga al Gobierno a diseñar un verdadero plan estratégico. Para ello, no sobra recordar la fórmula del nobel de Economía Gary Becker, quien en su obra Crimen y castigo (alegórica a Dostoievski) enseña que el éxito de la lucha contra la corrupción radica en la capacidad del Estado de lograr controlar las dos variables más importantes que desincentivan a un potencial delincuente. De un lado, aumentar la capacidad de las instituciones públicas para detectar y procesar a los delincuentes y, del otro, aumentar significativamente las sanciones que el Estado debe imponerles.

Por ello, ojalá en la agenda legislativa que el presidente está impulsando haya una reforma verdaderamente integral dirigida a combatir la corrupción en la forma ya indicada, pues es la única manera de coger el toro por los cachos y cimentar una verdadera política pública.

El país debe entender de una vez por todas que con reformas aisladas nada cambiará, y por el contrario seguiremos dando resultados esporádicos contra la corrupción y quienes la combaten terminarán dándose cuenta de que en el fondo perdieron su tiempo y tan solo fueron idiotas útiles de un sistema que se anima y envalentona día a día con un resultado positivo, pero acompañado de mil impunidades. Y así no es.

 

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