Por: Eduardo Barajas Sandoval

Un premio por explicar

De cuando en cuando el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz obedece a factores que la opinión pública no alcanza fácilmente a comprender.

Tal como sucedió hace unos años con el Presidente de los Estados Unidos, que insistía en los compromisos de guerra de su país, ahora el mundo se pregunta sobre las verdaderas razones, y las intenciones, de la adjudicación del premio a la Unión Europea.

Tal vez el otorgamiento del galardón hubiese sido aclamado hace unos cuantos años, cuando por fin los europeos decidieron unirse para poner término a una división y unas animosidades que le trajeron al mundo, por cuenta de ellos, sus peores desgracias. Pero ahora, cuando la Unión desfallece, el premio no parece otra cosa que una especie de salvavidas para obligarla a no defraudarnos con su decadencia, porque, si de paz se trata, las credenciales de la Europa contemporánea, así no haya vuelto a sus guerras tradicionales, dejan mucho qué desear.

La inhabilidad de la Unión para darle adecuado tratamiento, con consideraciones humanitarias elementales, al caso de los países desfallecientes, pone en evidencia el abandono de principios propios de la cultura europea de los que se podría echar mano para que los ciudadanos inermes de uno u otro país no tengan porqué pagar con su hambre, su desesperación y hasta con su vida por culpa de unos gobernantes ineptos, que les han traído la desgracia con la contribución de quienes viven de la especulación y actúan exclusivamente con la lógica de un sistema económico sin una pizca de piedad.

La situación de los jóvenes europeos, afectados por el desempleo y la falta de oportunidades de emprendimiento, significa la siembra de un peligro particularmente grave para el futuro de la Unión. ¿Cómo van a creer, en un futuro, y a defender y a luchar por un modelo que les ha vuelo amarga su existencia a temprana edad? ¿Qué compromiso pueden adquirir ahora, cuando la lógica del modelo social y económico predominante en la comunidad de países no tiene para ellos más respuesta que la de hacer lo que puedan, sin ayuda de nadie, para sobrevivir? Una o varias generaciones perdidas al comienzo del Siglo XXI, abandonadas a su suerte, no pueden dar lugar al optimismo para más adelante.

Los suicidios en serie, como el de un hijo de cuarenta años que lanzó a su madre desde un balcón en Atenas y luego se tiró detrás de ella, porque los impuestos y las rebajas de sueldo los condenaron a la muerte, según dejó escrito, o el del pensionado que se inmoló en la plaza de la Constitución de la misma ciudad, no tendrían porqué ser parte del paisaje de la civilización europea. Y las autoridades y líderes de la Unión, con contadas excepciones, siguen tan campantes, criticando a los países del Mediterráneo por el tipo de vida que llevan, en la calle y con las tabernas llenas, como si estuvieran pecando y esa no fuera una forma de vivir la vida, que al mismo tiempo bastante envidian quienes luchan por ir a disfrutar de ella por una semana en el verano. Esa cultura no vale, pensarán, porque la que vale es la de lastimarse a sí mismos con austeridades a las que se les pone en lo más alto de los valores. Un continente en esas condiciones, con pueblos sacrificados, con muertos diarios y gente desesperada en las calles, no es un continente en paz sino sumido en una guerra de naturaleza sui géneris y eso debe preocupar a todo el mundo.

No se trata de pedir que vuelva a aparecer el Estado salvador que se ocupe de los vagos lo mismo que de los minusválidos. Ni que los que sí trabajan y producen denodadamente, como los alemanes, y otros cuantos al interior de cada sociedad europea, tengan que mantener gratuitamente a todos los demás. Pero algo novedoso, pragmático y oportuno tiene que hacer Europa para salvarse. Porque no menos oprobioso y absurdo es el obligar a pueblos enteros a sacrificar sus ingresos, su bienestar y su felicidad para que cumplan con reglas en el fondo artificiales como las que llevan a que países como Grecia, y ahora Italia y España, saquen medios de pago, de la sangre de su propio pueblo, y luchen día y noche, por una o dos décadas, para pagar intereses varias veces más caros que los de otros países. Y que todo esto suceda simplemente porque las leyes inflexibles de la ortodoxia económica dicen que eso tiene que ser así, sin que importe la condición personal de nadie, en la cuna propia del humanismo y de los derechos humanos. Tal vez el Comité noruego, al dar el premio, quiso inducir a esfuerzos de paz que aún no se han realizado pero son urgentes.

 

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