Por: Augusto Trujillo Muñoz

Un propósito común de la gente común

Primero fue el presidente Mujica de Uruguay y ahora es el secretario Kerry de los Estados Unidos.

Para Mujica lo más importante que está pasando en América del sur es nuestro proceso de paz. Para Kerry ese proceso es valiente e imaginativo.

El presidente Uruguayo abrió el camino y lo abonó luego en su intervención en la última reunión de la ONU: “Vengo del sur y, como tal, cargo inequívocamente con los millones de compatriotas pobres de América Latina, patria común. Cargo con las culturas originales aplastadas, con los restos del colonialismo en Malvinas, con bloqueos inútiles en Cuba. Cargo con el deber de luchar por una patria para todos y con el deseo de que Colombia pueda encontrar el camino de la paz”.

El secretario de Estado norteamericano anunció una nueva etapa de las relaciones de su país con América latina, al declarar cerrado cualquier tipo de política que recuerde a Monroe y al primer Roosevelt. Kerry habló de “la asombrosa transformación” que ha logrado Santos para abrirle camino a las negociaciones de paz y dijo en la OEA: "cuando menos lo esperamos, la vida nos pone un reto para poner a prueba nuestro coraje y nuestra voluntad de cambio".

Por su parte Santos reiteró su compromiso: “La única manera de enfrentar nuestros desafíos no es a sangre y fuego”. “Los colombianos podemos ponernos de acuerdo en el país que queremos”. “La guerrilla ha aceptado acogerse a las reglas de la democracia”. Razona bien el señor Kerry. Detrás de las afirmaciones de Santos subyace una transformación tan asombrosa como necesaria. Por eso no se entiende que mientras dirigentes internacionales expresan su respaldo al proceso de paz, haya aquí aspirantes a la presidencia de la República que adelantan su campaña descalificándolo.

Oscar Iván Zuluaga, por ejemplo, anuncia que buscará la paz fortaleciendo la seguridad democrática. Olvida que es al revés: la seguridad democrática viene de la mano de la paz. Así como la seguridad del agro, la seguridad ambiental, la seguridad ciudadana, en fin, la seguridad como valor social, pues la capacidad de reproducción que tiene la violencia de nuestro conflicto armado es gigantesca. Y Marta Lucía Ramírez vincula el proceso de paz con la impunidad. También es al revés: una de las peores vergüenzas de nuestra historia reciente es la íntima relación entre la impunidad y la guerra. Si no fuera así, nadie estaría pensando en justicia y reparación para las víctimas.

Pero no basta con que el jefe del Estado, las instituciones oficiales y los partidos se comprometan con la paz. Debe hacerlo también la sociedad civil en su conjunto. Este no es sólo un tema de canapé republicano. Hay que ventilarlo en los campos y en la calle, en las comunidades locales, en las regiones, en los sectores vitales del país, en las redes sociales. La paz tiene que ser un propósito común de la gente común.

*Ex senador y profesor universitario, @inefable1

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