Por: Nicolás Rodríguez

Un puerto sin comunidad (y pronto sin historia)

Cada que un líder social es asesinado retumban las palabras del Estado, en boca del ministro de Defensa: “La gran mayoría de asesinatos de líderes son fruto de un tema de linderos, de un tema de faldas”.

Dado que la persecución y los asesinatos continúan, de los supuestos líos pasionales hemos pasado, en palabras del mismo ministro, que ni renunció ni pidió disculpas por sus ofensivas ocurrencias, a la hipótesis de la existencia de “problemas personales”.

Como no ha habido un cambio significativo de postura, lo afirmado por el ministro es mucho más que un gesto locuaz de chabacanería y ausencia total de empatía. Estamos ante la formulación de una política pública que se basa en el poder explicativo de las coincidencias. No habiendo más, el ministro se lava las manos en el imaginario bogotano de las pasiones desatadas en el trópico.

Esta es una política abiertamente racista que borra el contexto en el que sucede cada episodio de violencia. De ahí que el ministro no le vea ningún sentido a la seguidilla de asesinatos. Así, el de Temístocles Machado, uno de los líderes comunitarios de Buenaventura que se oponía al despojo de tierras en los barrios aledaños al puerto, termina por ocurrir en el vacío.

Además de estratégico el ministro es perezoso. No lee las investigaciones que produce el Centro de Memoria Histórica. En el informe sobre Buenaventura se nos sugiere la idea de una comunidad a la que le quitaron el puerto. Desde que la privatización del puerto se aceleró y comenzaron las obras de ensanchamiento de la infraestructura, hay resistencia de parte de las comunidades que protegen sus casas y barrios. Por supuesto, llevan las de perder.

La modernización del puerto tuvo como antesala la entrada de los grupos armados. Machado, señor ministro, no fue asesinado por tener “problemas personales”. En la zona hay vínculos entre desarrollo y violencia. La expansión portuaria sigue sacando ventaja de los legados del paramilitarismo.

 

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