Por: Eduardo Barajas Sandoval

Un reto de conversos

Antes de la consumación del brexit, desde el extremo opuesto a las islas británicas surgen nuevos retos al proyecto de la unidad europea en países que, en su carrera por alejarse del comunismo, defienden un capitalismo rampante y un nacionalismo excluyente. 

Cuando se consolide, y si se consolida, la salida de los británicos, el afianzamiento de una nueva Unión Europea no será el resultado de un proceso unilineal, ni obedecerá a la lógica de la preponderancia de las antiguas grandes potencias, o de las locomotoras tradicionales del tren comunitario. 

Una cierta “indisciplina” de líderes de la Europa centro-oriental, en contra de la supremacía de Berlín y París, comienza a hacer evidente que la inercia de historias separadas, a lo largo del último siglo, impide que exista una sumisión tranquila a los mandatos de Bruselas por parte de tres miembros eslavos que durante mucho tiempo sirvieron, en ambas direcciones, de amortiguador para las tensiones entre Rusia y las potencias occidentales. 

El compromiso franco-alemán, representado en la fotografía de Mitterrand y Kohl tomados de la mano, seguido ahora por el binomio Merkel-Macron, ya no es garantía suficiente para marcar el ritmo del proceso de la unidad europea. Desde Varsovia, Budapest y Bratislava surgen voces de protesta, con acento capitalista, autoritario y nacionalista, en contra de la política migratoria y de la hegemonía que se ejerce desde las instituciones comunitarias.

De manera abierta, Jaroslaw Kaczynski, Viktor Orban y Andrej Babis, expresan su opinión opuesta a la presencia de refugiados e inmigrantes que, como lo dijera Trump en su momento en los Estados Unidos, les quitan el trabajo los locales. Estiman que la presencia de no europeos “desconfigura”, como elemento extraño, la lógica del desenvolvimiento económico de países que se estrenan, con entusiasmo de principiantes, en el ejercicio de un modelo en el que, al menos esos gobernantes, han puesto todas sus esperanzas. 

Son algo así como nuevos ricos, celosos de la presencia perturbadora de los desvalidos. No sienten obligación alguna hacia poblaciones que nada tienen que ver con su pasado, como sí lo tienen las antiguas potencias coloniales en el Medio Oriente, el Asia o el África. Tampoco sienten que sean suyas las obligaciones que surgen del ejercicio del liderazgo fundador de la Unión Europea, club al que fueron admitidos en medio de la carrera por arrebatarle a Rusia unos espacios vitales para sostener, a su vez, su condición de potencia. 

La antigua búsqueda forzada del paraíso, bajo el modelo soviético, ha venido a ser reemplazada en sus países por una febril angustia en pos de la acumulación de capital, bajo un liderazgo que conserva en el fondo rasgos propios de un autoritarismo, ahora de derecha, que no da tregua ni tiene tiempo para concesiones en favor de ningún extraño. 

Es como si rondara el temor de volver a la precariedad de otras épocas y al reparto arbitrario de la riqueza colectiva. Parece que les animara la nostalgia de los Estados-nación, y les reconfortara la existencia de Trump, Le Pen, Farage y Meuthen, con su discurso sobre la primacía intraterritorial de los deberes del gobernante. Nada de consideración hacia una Europa “burocratizada” que los llamó a formar parte de ella para ganarle una batalla a Moscú. Nada de conmiseración hacia refugiados e inmigrantes de mundos extraños.

Los constructores originales de la Europa comunitaria tienen que estar seriamente preocupados por el conato de rebelión de esos socios nuevos, provenientes de una experiencia histórica que no parece dispuesta a ceder nada en cuanto a su interés particular, en favor de propósitos comunitarios con los que no se sienten plenamente identificados y que no tienen deudas con atrasados, perezosos o foráneos que no son siquiera sus vecinos. 

Emmanuel Macron, que irrumpió en el escenario con el ánimo de recuperar el protagonismo francés en el seno de la Unión, ha dedicado sus mejores esfuerzos a concebir un replanteamiento de la Europa comunitaria para que sobreviva decorosamente al brexit y vaya mucho más allá. Quiere “transformaciones profundas” a través de una mayor integración política, mejor cooperación en defensa, y concertación fluida en materias impositiva, de asilo, educación superior y promoción de la cultura común. Pero el eco que encontró en el liderazgo alemán, y en el de otros países claves de la Unión, no se ha hecho sentir en Polonia, Hungría y Eslovaquia, donde se impone una visión diferente.

Si Kaczynski, Orban y Babis insisten en apelar al discurso sobre lo inmediato, para argumentar en contra de la Unión Europea, podrían llegar a conseguir que sus votantes, con tal de arreglar problemas internos de coyuntura, terminen por aprobar el retiro de sus países de los propósitos comunitarios. Así no solamente le darían un golpe, desde el otro extremo, al sueño de la Unión, sino que darían por terminada la corta militancia occidental de la región que se interpone entre Europa occidental y Rusia, y la dejarían expósita una vez más a la lógica implacable de la disputa entre los herederos de los antiguos imperios que ya varias veces han destrozado a Europa. 

Las fuerzas políticas, internas y comunitarias, favorables a la continuidad del invento de la Unión, deben actuar sin pausa para evitar que motivaciones adjetivas y de corto plazo faciliten argumentos que, en el fragor de una campaña de nacionalismo furioso, terminen por dar al traste con la única fórmula hasta ahora exitosa para convertir en cooperación la energía que, hasta hace apenas medio siglo, estuvo dedicada al trámite de rivalidades sin límites. 

 

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