Por: Julio Carrizosa Umaña

Un reto para la nación

Replantar los bosques perdidos, reinvertir en los ecosistemas, recapitalizar el campo, sólo podría ser una realidad si se lograra, como lo propone el padre Francisco de Roux, crear cientos de miles de empleos y se encontraran las manos dispuestas a sembrar millones de árboles y arbustos en los sitios que quedaron desiertos por la guerra; en los bordes deforestados de ambas grandes selvas, la amazónica y la del Chocó, en las laderas de los Andes erosionados, en las serranías de las costas, en donde ningún otro cultivo ha tenido éxito, en las tierras hoy dedicadas a cultivar coca. ¿En dónde encontrar esos cientos de miles de manos?

Lo obvio sería que las nuevas organizaciones de la antigua guerrilla encontraran atractiva la propuesta de La Paz Querida y que los diseñadores del posconflicto la incluyeran en sus planes. Pero eso no sería suficiente; aunque todos los excombatientes se dedicaran a restaurar los ecosistemas, estaríamos lejos de la meta que propone La Paz Querida: 400.000 empleos.

Por eso, la propuesta de Francisco es tan interesante. No se trata sólo de resolver el problema del quehacer de las antiguas Farc, se trata de modificar significativamente los patrones de generación de empleo. No es proyecto para un gobierno, ni siquiera es proyecto estatal, un esfuerzo de tal tamaño necesitaría ser un proyecto de la nación.

Proponer un proyecto constructor de nación implica estudiar cómo convertir en realidad la propuesta, y eso incluye tanto definir de dónde salen los recursos monetarios como encontrar las manos interesadas y resolver otros interrogantes: dónde, cuándo, cómo, qué se planta. Afortunadamente, el Plan Nacional de Restauración y los grupos de ingenieros forestales interesados en la reforestación podrían aportar casi todas las respuestas necesarias.

La Paz Querida le apuesta a que ese proceso de definición es necesario, posible y muy urgente en este momento de polarización y de verdades frágiles, pero entiende que esas mismas características del contexto político hacen difícil generar un proceso para que sea entendido como factor de unión de la nación, no como uno de aquellos que hacen aún más profundas las diferencias. Por eso pienso que es preciso que entre quienes definan el proyecto estén —además de los científicos, técnicos y organizaciones cívicas— los propietarios de las tierras, los empresarios capaces de organizar ese esfuerzo gigantesco y los grupos políticos realmente interesados en el futuro del país.

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