Por: Eduardo Barajas Sandoval

Un retraso inconveniente

En comparación con lo que hicieron frente Libia, las Naciones Unidas están atrasadas en la tarea que deben cumplir ante los sucesos de Siria. Los Estados Unidos también.

Parece que los estándares de las reacciones ante el ataque armado y abierto a los manifestantes disidentes muestran hasta ahora diferencias ostensibles en uno y otro caso. Lo cual mina la credibilidad de los Estados Unidos; asunto dispensable. Pero también la de la ONU; lo que presenta el riesgo de una devaluación de su peso político. Algo inconveniente para la necesaria subsistencia de una institucionalidad internacional respetable.

Mientras los civiles disidentes sirios muertos por las tropas de su propio ejército se acercan a los cuatrocientos, luego de más de un mes de protestas, el ritmo de la reacción internacional va mucho más lento que el de las acciones políticas, y luego militares, emprendidas ante las protestas de El Cairo y Trípoli. Ante las cuales desde muy pronto se habló de la urgencia de un cambio, en Egipto, y en el de Libia de una vez se puso a sus dirigentes a discreción de la Corte Penal Internacional. Para pasar casi inmediatamente a bombardeos explicados como de protección a los civiles rebeldes, que ya van en una cacería más o menos abierta de Muammar Gadafi. 

Es muy posible que justamente la errática intervención en el norte de Africa, que los Estados Unidos lideraron en principio pero lo más pronto posible endosaron a la OTAN, se convierta en uno de los obstáculos políticos y prácticos para intervenir de alguna manera en Siria. País cuyo bloque en el poder no ha sido, como el de Egipto, cercano y amigable con Occidente, o recién reconciliado, como el de Libia, que en los últimos años limpió cuidadosamente su “prontuario” internacional y tuvo como huéspedes en las carpas de Gadafi a personalidades tan típicamente representativas del establecimiento internacional, como Tony Blair, entonces en ejercicio como Primer Ministro Británico.

La desconfianza en lo que pueda pasar en una Siria sin Assad, pero siempre desafecta a los occidentales, y de paso amiga de Irán, tiene que pesar fuertemente en los cálculos de los estrategas de Washington. Y de pronto también en los de la ONU. Ya fuera del circuito, el gobierno de Assad, el oftalmólogo, heredado de su padre, el político, no tiene mucho que perder con sanciones superficiales. Y meterse en acciones de mayor profundidad puede revolver un avispero difícil de controlar. Entre otras cosas porque los sirios han sido suficientemente intransigentes, con sus amigos iraníes, en su posición frente a Israel.

Pero justamente la paz con Israel se convierte en un elemento deseable por el que se puede trabajar ahora para conminar a Assad hijo a que reconozca las ventajas de hacer la paz con un Estado que, por más que deteste, es una realidad poderosa e incontrovertible, aún por la vía de las armas. Aunque se niegue a ultranza, vale la pena jugar la carta. Argumento que también sirve para invitar a la oposición a que, en caso de un posterior triunfo, marche hacia la paz con su vecino, con las indudables ventajas que traería semejante movimiento para el alivio de las tensiones en el Medio Oriente.

Por ahora, y en defensa de los civiles masacrables en las calle, sin perjuicio de que los Estados Unidos lideren o no las acciones, y conforme a la misma interpretación de la situación de los disidentes libios bajo “fuego amigo”, dentro del fuero de las Naciones Unidas está el deber de actuar en el caso de Siria. Por lo menos hay que tratar el tema. Hay que mostrar que existe una institucionalidad internacional que se preocupa, sin distinciones de país, por la defensa de la población que se atreve a protestar contra regímenes políticos estacionarios que además pretenden quedarse en el poder por la vía de la represión. Si la ONU se queda callada, dentro del mismo contexto de sus recientes actuaciones, haría evidente no sólo la precariedad de sus poderes sino un oscuro trasfondo de la intervención militar en Libia.

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