Por: Ignacio Zuleta

Un río

“Vengo de un país en donde primero mataron a la gente para quedarse con el río, y luego mataron el río”.

Esa es la voz de un colombiano que como a usted y como a mí le duele el Cauca. Un río, sepan los caballeritos y damas de oficina, no es una foto digital, ni un trazado arbitrario en un papel y tampoco un # en las redes.

Un río es una arteria de la tierra, un sistema complejo conectado a la vida en el planeta, un hito en la memoria de los pueblos, un regalo del cosmos que sustenta la biósfera, la esfera única que nutre la delicada existencia de la especie. Esta obviedad—y el agua moja—es algo que los dolosos promotores, constructores y beneficiarios económicos de Hidroituango no pueden comprender.

La construcción a contrapelo de la hidroeléctrica de Ituango, Hidroituango, es la síntesis de la historia criminal de Colombia, como lo revela la socióloga Juana Afanador al develar los poderes fácticos detrás de esta arrogante y descarriada megaobra.

Los básicos de la dinámica de esa trama de película macabra han sido el ethos de: “Haga plata, mijo. Si puede, honradamente. Pero si no, haga plata, mijo”. Y la estrategia del terror con cerca de 60 masacres, 300 asesinatos, más de 600 víctimas de desapariciónes y desplazamientos forzados de familias y comunidades para apoderarse de la tierra. Y, por supuesto, la corrupción detrás de la adjudicación de los contratos. El corolario: más pobreza, degradación de la riqueza de la fauna y de la flora, y el pecado de lesa humanidad: usurpar el agua de consumo humano para convertirla en propulsora de la industria.  

No estamos solamente ante una cantidad de peces muertos. Los pozos que dependen del nivel freático se secaron obligando a los pobladores ribereños a carrotanques con agua que llegan solamente al municipio. Las ciénagas cuna de los peces están taponadas, algunas por el impacto de la obra, otras adrede. Las “ayudas” estatales son lentas, burocráticas, con “contratos” de silencio perenne para quien reciba los auxilios de miseria. Los niños, entretanto, recogen peces vivos con la esperanza de que sobrevivan en las charcas remanentes.

El cierre reciente de las compuertas le clavó al Cauca el penúltimo arponazo (el último será cuando se acabe de horadar la roca sísmica) y puso en evidencia aún mayor el desastre presagiado.

El Tribunal Latinoamericano del Agua, mediante un fallo en octubre, responsabilizó al Estado colombiano y  recomendó desmantelar la obra de inmediato por considerar que la población se encuentra expuesta al riesgo de manera permanente. Y como lo descubre la periodista Camila Zuluaga el pasado jueves, un grupo de ingenieros perteneciente al US Army Corps of Engineers había desaconsejado la creación del monstruo.

Sí, los ingenieros serios lo habían dicho y los movimientos ciudadanos lo clamaban poniendo en riesgo la vida de sus líderes ¡Y van muchos que ya no se interponen, silenciados!

Los colombianos sabemos salir de nuestra zona de confort para solidarizarnos con las poblaciones ribereñas y debemos expresar la indignación  por nuestro río agonizante. El jueves 14 estaremos de manera pacífica en las plazas para que el Cauca recobre su libertad y vuelva, con el tiempo, a ser un río vivo. 

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