Por: Juan David Ochoa

Un rostro en el exterminio

El pasado 4 de mayo, mientras terminaba la reunión de líderes sociales y comunidades afro del norte del Cauca, un grupo armado lanzó granadas y disparó a discreción. El hecho habría sido uno más de los cientos de atentados sin indignación gubernamental si el nombre de la víctima central no tuviera resonancia en el mundo: Francia Márquez, la principal líder ambiental del país, estaba allí y lo sabían los asesinos, iban por ella y por todos entre el silencio y la impunidad de un genocidio. Iván Duque, extrañamente, salió a repudiar el hecho y a prometer una pronta reacción de las autoridades. Lo hace ahora porque el exterminio de los otros 600 líderes muertos sin su atención ahora le puede traer inconvenientes ante la comunidad internacional; la misma a la que siguen engañando con ficciones y argucias.

Ya lo ha dicho innumerables veces el siniestro y oscuro fiscal general, Néstor Humberto Martínez Neira, argumentando que sus muertes son causas de negocios turbios, y los ministros de Defensa insisten en que sus muertes se multiplican exponencialmente por líos de faldas. Dicen, también, que el Estado es inocente y no hay sistematicidad en todos los cuerpos que caen con el mismo perfil, y esa es tal vez la razón por la que siguen ocultando el desastre: los asesinos, bandas de sicarios y mercenarios a sueldo, son reductos de las filas paramilitares desmovilizadas en protocolos falsos y logísticas improvisadas. El Estado, principal financiador y artífice del paramilitarismo en todas las regiones de Colombia, es el mismo falsificador de su desaparición, y el mismo que defiende su inocencia en un fenómeno de violencia reciclado por su ineptitud y su infamia. Les resulta inconveniente aceptar que hay un ejército de masacradores dispersos y sin nombre, producto de una gran estrategia estatal de la que ahora no se hacen responsables. Por eso la única opción es acudir a una mentira más sobre una víctima más del exterminio. Los asesinos provienen, además, de los mismos sectores que representan en sus burbujas de tradición y poder: terratenientes renegados, gamonales resentidos al cambio, clanes políticos de pueblos olvidados que sienten la amenaza de nuevos contrincantes en sus zonas de control.

El fiscal general no solo insiste en que no es sistemática la matazón, sino que cuenta con un seguimiento serio por parte de todas las instituciones y que se ha operado con justicia y rigurosidad en las capturas, pero nunca las revelan, y el país no conoce hoy por parte del Estado su postura real. Sus estrategias no han superado comentarios frívolos en páginas virtuales y discursos retóricos. Nunca Iván Duque había prometido tanta rigurosidad y prontitud como hasta hoy, cuando el atentado contra Francia Márquez ha trascendido a la comunidad internacional que lo empieza a juzgar como un cómplice silente de una catástrofe. Su intervención y promesa, sin embargo, no serán más que juramentos cosméticos y estrategias de papel. Su partido se encuentra concentrado en los cercos a los fantasmas de la URSS y en el derrumbe de una justicia apócrifa que los señala. Duque ha vuelto a romper su promesa de diálogo en el Cauca, y espera su próximo discurso de indignación y espanto cuando el próximo muerto le resulte contraproducente en las encuestas.

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