Por: Columnista invitado

Un santo posmoderno

Por: Alberto López de Mesa*

El 22 de marzo conmemoramos el primer aniversario de la muerte del padre salesiano Javier de Nicoló Latazzi, fundador y primer director del Instituto Distrital para la Protección de la Infancia y la Juventud (Idipron), desde donde logró superar el fenómeno de los “gamines”, como se les denominó en las décadas de los 70 y 80, a los niños habitantes de calle en Bogotá.

Este sacerdote, nacido en Bari, una ciudad al sur de Italia, llegó a Colombia huyendo de los destrozos que dejó en su patria la Segunda Guerra Mundial. Inspirado por la noción de servicio al prójimo que practicó Don Bosco de Salesi, conmovido por el drama humano de los niños desamparados por las familias y el Estado, que vivían en las ignominias de la intemperie y los riesgos callejeros, asumió la salvación de estas vidas como la razón de su existencia.

Pero siempre supo que para lograr el éxito de su misión no bastaban los métodos tradicionales de la misericordia y el asistencialismo típico en la caridad religiosa. Entonces el Padre Javier se convirtió en un gestor social, en un gerente, que invirtió su carisma y sus intuiciones pedagógicas para convencer a alcaldes, senadores y empresarios para que apoyaran e invirtieran en el magno proyecto que ideó para acoger a los niños de las calles.

Tres principios se basaba su utopía:  el afecto, como la oferta que le ganaba a los encantos de la calle; la educación como un derecho fundamental que supera la pobreza y dignificar la existencia, y el deporte y las artes como conjuros contra todos los vicios.

Aprendió y recreó las propuestas pedagógicas de los colegios Makarenko, Montessori y Piaget. En un diseño de escuela escalonada aventuró una república de muchachos con gobierno, constitución y moneda propia. Llegó, incluso, a emprender la creación de una ciudad en el Tuparro, en la mitad de la selva frontera con Venezuela, pero la verdad le faltó acompañamiento económico e institucional para consumar su sueño.

Por supuesto, no faltarán las críticas a su modelo de atención, pero lo cierto es que gracias a sus programas se acabaron los gamines en Bogotá y hoy Idipron es el instituto de atención a jóvenes habitantes de calle que mejores resultados arroja en cobertura, en dignificación, en modelos de inclusión. Ahora nuestra tarea es rendirle un homenaje, estudiando e implementando su modelo pedagógico para mejorar la atención de las poblciones vulnerables.

*Alberto López de Mesa, arquitecto y habitante de calle

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