Por: Fernando Araújo Vélez

Un segundo en la vida

Una carta inconclusa, un intento de suicidio, la muerte aplazada, un par de coincidencias, el destino, un trágico error y dos gatos que me miran indiferentes.

 Hoy sólo querría decir y gritar que soy inocente, que fui inocente, que yo me di cuenta del cambio de bebés 20 años después de todo, y que a esas alturas ya era preferible seguir callada. Y digo querría porque todo es mentira y lo que no debió haber cambiado nunca, cambió.

Helena y yo juramos silencio en silencio. Era un pacto, un secreto que nadie podía saber, hasta que ella escribió su carta inconclusa y se tomó todas las pastillas que encontró en un botiquín, hasta esa maldita noche en la que no pudo soportar más el peso de su conciencia, supongo.

Yo también sufrí de remordimientos durante estos 20 años. Todas las noches, todos los días, y cada noche y cada día pensaba que hablar, contar lo que pasó, me hubiera salvado. Mil veces marqué el teléfono de Helena para que nos encontráramos, y mil veces colgué, y otras tantas veces quise hablar con Pedro Ruiz, pero siempre me arrepentí.

Hoy ya no sé si confesar la verdad me hubiera salvado o habría ayudado en algo, más allá de rendirle un tributo a la verdad. Un tributo estéril a la verdad. El destino escribió su guión, su propio guión, y en él yo cumplí el papel de la enfermera que se había equivocado en la sala de partos, cambiando de cuna, de madre, de futuro y de vida a dos recién nacidos. Nadie notó el error entonces, o por lo menos no lo hizo evidente. Helena se calló, igual que yo. Por miedo, por pánico, sí. Ya da igual si nos equivocamos porque ella tenía una cita de amor y me dejó encargada media hora o porque yo pensaba en mi novio mientras bañaba a los bebés.

Dejamos que pasaran los días, los meses, un año, dos, y según transcurrió el tiempo, el temor y el silencio se volvieron más grandes, más pesados. Insoportables. Nos mirábamos de reojo. Nos evitábamos. Nos temíamos. Pero ella dejó su carta, y por su carta, hoy, esta noche, yo debo enfrentarme con el muchacho que vivió una vida que no le correspondía.

 

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