Por: Tulio Elí Chinchilla

Un sentido de la enseñanza universitaria

ASÍ COMO, SEGÚN SALVADOR DALÍ, “pintar es fácil o imposible”, puede decirse también que enseñar en la universidad es placentero o imposible. Sin embargo, esta concepción tan hedonista de docencia –enseñar como disfrute intelectual– ha venido desapareciendo entre nosotros, a tenor de los planes de desarrollo, las reformas universitarias y los reglamentos de las universidades.

Aquel viejo modelo del intelectual del saber, encargado de cultivar y transmitir el conocimiento por el valor intrínseco de éste y a compartir sus dudas con los alumnos, empieza a ceder su lugar a favor de otro nuevo. Se tiende hoy hacia un paradigma profesoral que privilegia la faceta investigadora y la docente, pero sólo en posgrado, mientras mira con cierto desprecio la actividad lectiva de formación profesional. La excelencia académica se está valorando más por el número de títulos de doctorado y maestría que por la calidad de los programas de pregrado. La evaluación del profesor mide ante todo la producción en términos de resultados prácticos que puedan venderse. Normalmente los pergaminos académicos son signos de alto nivel científico, pero su significado se distorsiona cuando se convierten en exigencias formales en un mercado artificiosamente auspiciado, tras rentabilidad y autofinanciación académica.

Borges, en diálogo con profesores universitarios de Córdoba (1985), decía que “uno sólo puede enseñar el amor a algo… el amor de algunos autores y algunos libros”. Por eso, el viejo profesor no deja nunca de sentir cada día al iniciar su clase la misma emoción que lo inundó en la primera lección con que inició su vida académica. De allí que, subvirtiendo la lógica de las distinciones honoríficas, las condecoraciones docentes “premian” más un prolongado disfrute que el abnegado esfuerzo. Modelo este que podría coexistir con los novedosos ensayos.

Con lucidez, la tradición ha evitado tratar la cátedra universitaria bajo la típica modalidad burocrática o funcionarial. Quienes enseñan por placer se sienten violentados cada vez que la administración académica intenta formatearlos con regulaciones milimétricas sobre programas y métodos; cuando mide su rendimiento con escalas de la empresa rentable (costo-beneficio, número de alumnos por clase, producto investigativo vendible); cuando se llega al extremo de preordenar el número de renglones que deben tener los párrafos de las publicaciones docentes; o cuando se les induce a una mutua competición por el éxito en el mercado de saberes y discursos de moda.

No debería olvidarse que la tarea profesoral universitaria encuentra uno de sus valores específicos en la capacidad de desconectarse de lo útil y práctico, de lo actual y en boga. Aunque la universidad tiene el compromiso general de pensar su sociedad y criticarla, el ejercicio conceptual que los docentes realizan no tiene necesariamente que ponerse en la perspectiva de solucionar los problemas acuciantes.

En la universidad oficial esa esencia placentera de enseñar va unida a un sentido ético-social adicional: el quehacer docente –que consiste ante todo en interacción con estudiantes– es instrumento de inclusión social y cultural de aquella población no privilegiada, a la que el libre mercado académico excluye del acceso al saber superior. Incluirla empieza por garantizar el derecho a los excelentes profesores.

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