Por: William Ospina

Un ser humano

Circula por estos días en internet el extraordinario discurso de Pepe Mujica, el presidente de Uruguay, en la cumbre de Río.

Ya otras veces sus intervenciones nos habían revelado la singular personalidad de este hombre que alguna vez fue guerrillero de izquierda, que estuvo preso doce años, y que ahora representa algo que parecería una contradicción insoluble: un gobernante que es también un filósofo. Un político situado en su mundo y en su época, con un nítido sentido de la realidad y al mismo tiempo con altos ideales humanos, pues ya se sabe que para estar de veras en el mundo hacen falta una causa y un ideal de vida.

Mujica no vaciló en decir a gobernantes y funcionarios que el desarrollo concebido como crecimiento de la economía, de la industria, del consumo, es una locura con la que estamos sacrificando al planeta; que el mundo no soportaría generalizar unos índices de consumo como los practican las sociedades opulentas y como los predica la publicidad en todas partes. Que la humanidad debe discutir sobre otro modelo de civilización: más austero, menos atrapado en el frenesí del consumo, más respetuoso con la naturaleza y más comprometido con el sueño de la felicidad humana como plenitud afectiva; ser dueños de nuestra vida en lugar de abandonarnos a un trabajo frenético que aplaza siempre la realización de los sueños personales.

Claudia Palacios entrevistó a Mujica cuando él como presidente, en cumplimiento de la ley, pidió a la sociedad perdón por las acciones de la dictadura militar. La periodista le preguntó cómo se sentía él, un exguerrillero, “que estuvo enfrentado a los militares en la época de la dictadura, y fue víctima de la dictadura”, al asumir esa responsabilidad.

Las respuestas de Mujica vale la pena oírlas. Pocas veces uno puede advertir tanta sencillez y tanta humanidad en el manejo de cuestiones que para nuestros países son siempre de urgente actualidad.

“Es una paradoja histórica como otras que he vivido. Pero en lo que me es personal, yo vivo hacia adelante, mi manera de ver es otra. Esto lo tengo claro desde cuando salí preso. Yo me enrolé con una juventud que quería cambiar el mundo: no cambiamos nada, y el mundo siguió su curso. Con el paso de los años aprendí que el mundo va cambiando en escalones y muy lentamente, y que la vida humana es mucho más corta que la profundidad de sus causas. Lentamente, con contradicciones, el mundo va mejorando, y creo que alguna vez sobre el mundo lo mío y lo tuyo no va a separar a los hombres... pero va a costar, va a costar”.

Mujica ha comprendido que uno de los deberes de un gobernante en países como los nuestros es el de educar. Y sólo se educa con el ejemplo. El continente recibió con sorpresa la noticia de que este presidente decidió donar más del 80 por ciento de su salario para fondos de ayuda social, y no residir en el palacio presidencial sino seguir viviendo en su pequeña granja en las afueras de Montevideo, transportándose en su automóvil personal como siempre.

La periodista le recordó que en el Uruguay apenas se han encontrado los restos de tres personas, “de centenares (de víctimas) que seguramente hubo” en los tiempos de la dictadura; y que Mujica “también ha dicho cosas como que el perdón va a llegar cuando todos se mueran, y para eso faltará al menos una generación”. ¿Cómo armonizar la defensa del derecho de las víctimas con la recomendación de “no mirar tanto hacia el pasado y no negarse a vivir el día a día y el futuro”?

Mujica: “Uno puede tener una filosofía, y la dice, y la expresa. También comprende lo que sienten los otros. Por eso en la vida somos diversos y somos distintos. A mí no me gusta tener viejos presos: estoy en contra de tener viejos presos, en general, porque envejecer es el camino de acercarse a la muerte. Quiere decir que el envejecimiento le pone a uno esto: te estás preparando para morirte, es un mandato de la naturaleza, y la vida es tan linda que abandonar la vida es una pena. No quisiera nunca, encima de la pena de tener que abandonar la vida, castigar con otra. Pero es mi manera de pensar”, dice sonriendo, “en la sociedad en que vivo la gente no tiene esa manera de pensar. Yo lo que rescato es la libertad de decir lo que pienso. Respeto el modo de pensar que tiene otra gente, que seguramente son mayoría”.

No es frecuente ver que un gobernante se atreva a formular sus opiniones personales aunque sepa que no puede cumplirlas, sólo como una manera de hacer pedagogía, de formular para su pueblo sueños posibles. La periodista le preguntó entonces si él indultaría a los militares procesados y condenados.

Mujica: “No, no, yo no indulto nada. Yo los mando presos a la casa, que se mueran con la familia. Si pudiera. Pero mando también a todos los presos: a los presos de 75 años para arriba: que se vayan, a morirse con los suyos, con ciertas condiciones, que se vayan a morir presos en sus casas, no en una cárcel. Pero lo haría si mi sociedad lo entiende, pero mi sociedad no lo va a entender. Por eso lo digo”.

“¿Usted lo dice y lo piensa proponer en un proyecto?”.

“No. Yo no pienso proponerlo...”.

“Usted lo dice, simplemente”.

“Lo digo, porque es una manera de educar contra la barbarie. Algún día, puede ser que la plantita prenda”.

Hay muchas entrevistas de Pepe Mujica en internet. No sólo es un gobernante inteligente, es un gran ser humano.

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