Por: Augusto Trujillo Muñoz

Un síndrome en auge

En varias ocasiones he recordado en esta columna –y he leído en otras- una frase famosa: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Su autor Karl Von Clausewitz, fue un militar prusiano que, bajo las banderas absolutistas de la santa alianza, luchó contra los ejércitos de Napoleón.

Tengo entendido que dentro del contexto en que fue escrita –se lee en su libro “De la guerra”- la frase no tiene la connotación de cinismo que aparentemente conlleva. Para Clausewitz, la guerra moderna es un ‘acto político’ cuyos contenidos suponen la presencia de unos factores racionales que van más allá del odio, de la enemistad, de la violencia.

Probablemente el libro del general prusiano se refería a las guerras de su época y, dentro de ellas, a las revoluciones sucedidas en el tránsito del siglo XVIII al XIX. Pero probablemente, también a todas las guerras de los tiempos modernos, desde las guerras de conquista, hasta las revoluciones de independencia, pasando por todas las que sirvieron para consolidar el mapa político de la Europa contemporánea. Incluso su libro puede servir como elemento de análisis frente a las guerras calientes y a la guerra fría que después vivió el mundo en el siglo XX.

Porque guerra es sinónimo de confrontación y de violencia, por supuesto, pero no es igual una guerra clásica a una guerra irregular, ni son lo mismo la confrontación bélica y la violencia armada que la verbal o la epistolar. Sin embargo también éstas, como acto político, pueden significar o desencadenar enfrentamientos armados.

El conflicto colombiano es un buen laboratorio para examinar la sinrazón de una guerra que, como todas a la luz del libro citado, tiene unos elementos racionales que subyacen en su base. Un texto reciente del escritor Héctor Abad, publicado en este mismo diario sobre la hipótesis de un país sin guerrilla, me hizo pensar que, entre los colombianos, existe una especie de síndrome creciente de confrontación social, cuyos efectos están impidiendo la construcción de democracia.

Todo el mundo parece necesitar un antagonista. No es éste gobierno sino todos, ni son algunos políticos sino todos, incluso las personas del común cuando asumen el ejercicio de una actividad pública terminan prisioneros del síndrome de la confrontación. Los gringos nos llevan la ventaja de que siempre buscan enemigos externos: los ingleses, los comunistas, los musulmanes. Incluso les sirven para unirse internamente como sociedad. Nosotros, en cambio, solemos buscarlos adentro: los conservadores, los liberales, los guerrilleros, los oligarcas, los sindicatos, el gobierno, la oposición, en fin, y ahora está cobrando relieve de nuevo aquella dicotomía irreductible entre izquierda y derecha que parecía superada, o al menos matizada, por el siglo XXI.

El conflicto ha polarizado a los colombianos en forma excesiva, innecesaria, equivocada, peligrosa. Las Farc son, por supuesto, un problema real del país, pero se han convertido en funcionales para los sectores más reaccionarios del establecimiento que quieren perpetuar la guerra. Y la macartización –desde la derecha y desde la izquierda- se ha vuelto funcional para unos y otros frente a sus intereses políticos, militares y/o electorales.

Todo eso es funcional a la guerra. Sin embargo lo que el país necesita son elementos funcionales a la paz: la solidaridad, la búsqueda de acuerdos, la reconciliación. También eso es racional porque tiene su origen en unos actos de voluntad política. Pero, al parecer, son pocos los que se preocupan realmente por la suerte de un país que, para fortalecer su democracia, necesita ampliar el consenso entre sus ciudadanos.

En una sociedad desigual, como la nuestra, la polarización social incuba el fracaso de cualquier proyecto común. Claro, la democracia es debate, polémica, controversia, pero no para buscar la confrontación sino precisamente para evitarla, es decir, para construir un consenso producto de la deliberación. El síndrome que nos aqueja no nos deja entender una verdad incontrovertible: dentro de sociedades desiguales sólo el consenso es funcional a la democracia.

Ex senador, profesor universitario.

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