Un sorbito nada más

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La primera vez que leí El vino del estío estaba amaneciendo una mañana de julio. Acababa de disfrutar el espectáculo de inauguración del verano, magistralmente interpretado por el protagonista de la historia. Me detuve en esta frase: “Al cruzar el jardín, Douglas Spaulding rompió una tela de araña con la cara”. Caí estrepitosamente por una estrecha madriguera. Sus paredes no eran lisas. Tenía pequeñas cámaras que resguardaban las sensaciones de una exuberante vida natural. La evocación era tan mía como suya: el fino encaje de una tela de araña rompiéndose con el roce de mi cara. Conocía esa sensación como conocía la textura viscosa de los hongos que crecen en la temporada de lluvia, el aleteo de una libélula cautiva por un instante en la palma de mi mano, el olor a tierra húmeda y a hierba recién cortada, el sabor del rocío que se acumula en el pistilo de una flor de cayena, el zumbido de un abejorro y el estridente canto de las cigarras, las perlas de resina ambarina que los árboles exhiben como las joyas de domingo de las señoritas de provincia.

Dejé el libro de Ray Bradbury en el sillón y fui a la cocina. Mientras servía un poco de agua fresca en un vaso, recordé que Bradbury decía que el polvo de los libros es el mejor polen del mundo. Guardé una tabla de cortar en la alacena. Moví de lugar algunas cosas. Estaba retrasando el placer de un viaje al centro de la vida. Pero no tardaría en regresar a la historia, donde el abuelo de Douglas prepara un vino con flores de diente de león. La hierba crece salvaje en el patio frontal de la casa. Douglas y su hermano Tom se encargan de recogerla. El abuelo les paga diez centavos por cada saco que llevan a la prensa del sótano. Cuando yo crecía en las Antillas, el verano era, como sigue siendo hoy, una estación inamovible. No celebraba su llegada como el milagro repetido de las chancletas y el pantalón corto, ni me rondaban la cabeza los sabios pensamientos del joven Douglas. Él sabe detectar las cosas del presente que merecen entrar en los años venideros como sables de sol.

Hacer vino de diente de león está anotado en el inventario que Douglas lleva de Los ritos y ceremonias y de los Descubrimientos y revelaciones que suceden durante el verano de 1928. “Estoy vivo”, escribe en la parte que corresponde a los descubrimientos. “¡Eh, eso es viejo!”, le dice su hermano. “Pensarlo, notarlo, es nuevo —le dice Douglas—. Uno hace cosas sin pensar. De pronto miras y ves qué estás haciendo, y es la primera vez, realmente”. Cuando llega el mes de septiembre, el vino que fermenta en las tinajas del sótano se convierte en un líquido reconfortante. Dulce residuo de los días cálidos que dejan el camino libre para la hojarasca de otoño y las nieves del inverno. “Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más, por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios y empinando el estío”.

Podría visitar la historia de Ray Bradbury cada verano. Del mismo modo que ocurre con las películas que he visto varias veces, acompañaré a los personajes en los enredos y desenredos de la trama, me anticiparé a algunos diálogos. Esperaré con el corazón en vilo, en un estado de apremiante enamoramiento, como si no supiera que después del primer sorbo se repetirá mi sensacional caída por la madriguera.

sorayda.peguero@gmail.com

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