Por: Arlene B. Tickner

Un sueño frustrado

Desde su independencia, el regionalismo ha estado en el ADN de los estados latinoamericanos, tal y como se registra en la copiosa producción intelectual dedicada a este tema entre el siglo XIX y el presente, y en los distintos proyectos integracionistas que se han desarrollado.  De hecho, si hay alguna constante en la historia de América Latina, es el apoyo de sucesivos gobiernos y líderes políticos de todo el espectro ideológico a la idea de la unión.

Sin embargo, en comparación con sus objetivos –que han incluido el desarrollo económico, la autonomía política frente a actores extrarregionales como Estados Unidos, la resolución pacífica de los conflictos y la acción conjunta frente a problemas comunes–, la mayoría de los órganos regionales se han quedado muy cortos. 

Entre los obstáculos que han enfrentado se destacan: la disonancia de intereses y lecturas sobre los temas compartidos por la diversidad misma que caracteriza América Latina y el Caribe; el funcionamiento imperfecto de los mecanismos multilaterales, dados sus grados débiles de institucionalización y su excesiva presidencialización; la existencia de múltiples proyectos contrapuestos, entre los que se observa duplicación de funciones, ausencia de coordinación y hasta competencia; la falta de liderazgo regional (o la presencia de liderazgos en pugna); la hegemonía estadounidense; y la subsistencia de conflictos y desconfianza (entre sutiles y agudos) entre diferentes países, lo cual socava las bases de la “comunidad” en el sentido de la identidad.

En ese sentido, la Unasur constituye tan solo la última de las fatalidades del sueño regionalista. Si bien su entrada en escena en 2004 auguró una nueva era en la que los sudamericanos entrarían a atender los quehaceres de la subregión (si no de todo el conjunto), promoverían su integración física (mediante la ambiciosa IIRSA) y velarían colectivamente por su seguridad, su creador, Brasil, siempre la vio como un medio para otros fines –un trampolín a la escena global y un escudo contra la influencia de Estados Unidos y la búsqueda de liderazgo regional por parte de México, entre otros–, mientras que su otro promotor, Venezuela, tenía otra visión en la que la lucha contra la globalización neoliberal y la injerencia yanqui ocupaban el centro.

Si bien el retiro indefinido de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Paraguay de la institución seguramente obedece a razones ideológicas que van más allá de su parálisis actual –reflejada en la imposibilidad de nombrar un nuevo secretario–, la sensación de que “no conduce a nada” no es del todo infundada.

Más allá de las explicaciones puntuales del caso, el abandono masivo de Unasur –así como la anemia que sufren muchos otros proyectos integracionistas– invita a preguntar por qué ha persistido este sueño –ampliamente compartido por los estados y, a diferencia de Europa, también por las sociedades– pese a sus evidentes tropiezos.
Por más simplista que suene, pareciera ser que la idea misma de una identidad y acción colectivas orientadas a defender ciertos intereses y valores comunes es de tal atractivo en América Latina que se ha sobrepuesto a su falta de materialización y el carácter efímero de sus resultados.
Una paradoja curiosa que exige mayor reflexión y estudio.

 

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