Por: Piedad Bonnett

Un sueño muy humano

Si las realizaciones del alcalde Gustavo Petro estuvieran a la altura de sus sueños tendríamos mucho que agradecerle. Desafortunadamente a la hora de su implementación casi todos terminan lastrados por la improvisación, el populismo o sus arranques autoritarios, que tantos conflictos le han generado con sus colaboradores.

De todos estos sueños, sin embargo, hay uno especialmente ambicioso y loable: el de rescatar el Hospital San Juan de Dios del abandono en que está desde hace casi 14 años, cuando cerró sus puertas, causando un grave vacío en los servicios de salud para la población más necesitada y daños colaterales como la cesación de pagos a sus trabajadores y condena a la ruina de sus instalaciones.
 
Es increíble que los colombianos hayamos asistido a la muerte de este hospital sin manifestarnos con la indignación y la vehemencia que debería producirnos. Los 24 edificios cerrados, en su mayoría ejemplo de la mejor arquitectura y hoy en proceso de deterioro, que albergaron durante más de un siglo a los profesionales más reconocidos del país, son hoy una vergüenza nacional, y también un símbolo de la corrupción, las malas decisiones y las fallas de un sistema de salud que hace que los hospitales públicos caigan fácilmente en quiebra. La negligencia en el caso del San Juan de Dios ha sido tan atroz que hasta hace pocos días reposaban adentro equipos médicos tasados por el liquidador en $3.000 millones, vaya uno a saber en qué estado; y su historia reciente tan kafkiana, que en sus instalaciones, ahora sin luz y sin agua, viven todavía, en condiciones totalmente sórdidas, 11 familias de los trabajadores que perdieron su trabajo.
 
Dicen algunos expertos que la sola recuperación y puesta en actividad de los edificios —unida a algunas medidas medioambientales— serviría para reactivar la zona, hoy invadida por indigentes, polucionada e insegura. Pero, también, que si no se asume ya la recuperación física del hospital cada vez será más difícil y costoso hacerlo. Todo hace pensar, pues, que el de Petro debería convertirse en el sueño de todos los colombianos. Y por eso es una buena noticia que el mandatario haya logrado que la Nación, a través del presidente y de la ministra de Cultura, le esté metiendo el hombro a su idea. La Universidad Nacional, por otra parte, que con el cierre perdió un importantísimo espacio de prácticas médicas y científicas, se ha pronunciado a favor de la resurrección del San Juan de Dios. Desafortunadamente a esta universidad le falta hoy la fuerza de otros días y también un mayor respaldo económico del Gobierno. Y desafortunadamente también, según las investigaciones muy completas que ha hecho el periodista Santiago Valenzuela para El Espectador, las cosas están mucho más enredadas de lo que parece, comenzando porque no es claro a quién le pertenece el hospital. Y porque los cálculos del costo de la restauración se multiplican —y eso sólo en el papel— día a día. Esperemos, sin embargo, que el sueño más ambicioso de Petro, el más acorde con su Bogotá Humana, el que tal vez salvaría su memoria del desastre, no se disuelva, como dice el poeta, “… en humo, en polvo, en sombra, en nada”.

 

 

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