Por: Juan David Correa Ulloa

Un testimonio

Un abismo se abre en cada una de las páginas de este libro, a veces algo repetitivo, pues el lector asiste decenas de veces a la misma escena: un hombre (o mujer) pegado a un cigarrillo de bazuco que arruina su vida en una “olla”. El libro tiene un título que no le hace honor a su contenido.

Se llama La verdad sin calzones y lo escribió Juan Guillermo Valderrama, un hombre de cuarenta y cinco años que vivió dos décadas sumido en la agonía del consumo desmedido de alcohol y drogas. Y digo que no le hace honor pues la puerilidad del dicho popular le quita fuerza a lo que en verdad es un testimonio valioso tanto en su forma como en su fondo. (No hablaré del cliché imperdonable de su portada).

El viaje al submundo del autor, como lo llama él mismo, se inició a los catorce años, cuando en Aranjuez, su barrio natal, mientras hacía mandados a los más grandes, conoció y probó el primer cigarrillo de bazuco. De ahí en adelante, Valderrama, decidido, se sumergió en el mundo de los antros donde consumió miles de kilos de ese residuo de la cocaína y perdió el control de su vida. El relato resulta bastante verosímil, y la escritura —a pesar de que las palabras suelen ser escasas para la mierda y el horror de la experiencia del consumidor— tiene una profunda fuerza evocadora que escapa de lo coloquial para tejer en el lenguaje una confesión lograda y con valor literario. Esto, lo valioso no sólo de la experiencia sino de hacer algo en el lenguaje con ella, parece ser el resultado de un esfuerzo sostenido durante ocho años asistiendo al reconocido taller de la Biblioteca Pública Piloto, de Medellín, donde se hace un trabajo muy consciente y juicioso.

Valderrama, tras veinte años atravesados por el dolor, la ausencia, la autocompasión y la paranoia, decidió internarse en la Comunidad Terapéutica de Medellín, un centro para el tratamiento de las adicciones. Allí, como lo confiesa, escribió en un diario no sólo su experiencia sino la de sus compañeros de infortunio que aparecen retratados —salvo en un par de cartas bastante pseudopoéticas— con un gran sentido de la construcción de personajes. Valderrama ha sido capaz de contar una historia sin caer en el melodrama. Su vida es lo bastante dura como para adornarla. De ahí que una vez se termina el libro, uno lo recuerde con gratitud.

La verdad sin calzones, Juan Guillermo Valderrama, Aguilar.

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