Por: Aura Lucía Mera

Un testimonio diferente

ME ENCANTA LEER Y RELEER LOS testimonios que han escrito aquellos hombres y mujeres que han logrado la libertad después de haber estado encadenados como animales durante varios años.

Creo que es la única manera que  tengo de acercarme un poco a su dolor, dejar entrar por los poros la humedad de la selva, estremecerme con el estrépito de esos correntosos ríos, sentir el frío en las noches de lluvia, el cansancio de esas jornadas salvajes por trochas, barrizales y pantanos, sentir el vértigo de los abismos, la desesperanza de los amaneceres sin nuevos horizontes, las humillaciones, la soledad del alma y del cuerpo, las vejaciones de todo orden, la crueldad refinada de los carceleros dementes, encadenados ellos mismos por la selva y el rigor de sus mandos superiores, luchando sin saber por qué luchan.

Así me sumergí en Pinchao, en Clara Rojas, en Luis Eladio Pérez, en Araújo, en los gringos, hasta llegar, este fin de semana, a Años en silencio, de Óscar Tulio Lizcano. Comprobé una vez más que, en la vida, los acontecimientos pueden ser iguales, pero las apreciaciones y reacciones siempre son individuales. Es necesario leerlos todos si queremos aproximarnos a la gran realidad, que de todas formas cada uno la recibiremos en forma diferente.

Pinchao me estremeció con su osadía, su energía juvenil, su inconsciencia temeraria ante el riesgo, su frescura. A Clara siempre la vi arropando su vulnerabilidad en un estilo sobrio, casi ajeno. Describiendo su sufrimiento, su lucha y su dolor sin dejarse llevar por el torrente de emociones que la debieron atropellar en cada instante. Luis Eladio me entregó casi un análisis político, hermético. Los gringos me atiborraron de episodios diferentes, algunos de mala leche, tocados todavía por rencillas y recuerdos personales. Para mí, la revelación  ha sido Óscar Tulio Lizcano. No se trata de comparar. Todos desgarran. Todos nos avergüenzan de pertenecer a una sociedad que ha dejado pasar indiferente los años, los días y las horas sabiendo que hermanos nuestros se están pudriendo en la selva, que niños son degollados, que jovencitas están condenadas al aborto o a la violación, al hambre, a derramar sangre.

Vuelvo a Óscar Tulio: su sensibilidad, su dignidad, su prudencia, su valor, su amor por los suyos y por la poesía. Jamás olvidó su meta como Ulises. Su secuestro fue su Ítaca. Miguel Hernández, desde la cárcel de Orihuela, lo empujaba con sus estrofas. Un cuaderno en blanco y un lápiz no lo dejaban rendirse. Formó sus alumnos revestidos de follaje, y su combo celestial para que lo ayudara en su recta final, que era la muerte, la muerte, la muerte o la vida. Cuando su cuerpo era un despojo, pero su mente y su corazón le exigían continuar.

Lizcano y sus Años de silencio son una lección de amor y perdón. Con la pasión que da el conocimiento nos lleva de la mano por su aventura dolorosa, por su calvario, y su corazón nos lleva a su aventura espiritual. Inquebrantable. Humano. Observador. Tal vez entendió como ninguno el padecimiento de los jóvenes que reclutan los comandantes. El amor que termina en tragedia y sangre. El error que se cobra con la vida. La pérdida de la inocencia y de los ideales. La imposibilidad del triunfo armado. La necesidad de dialogar y detener este torrente de sangre y violencia que no tiene ninguna razón de ser. Un libro que se abre como la selva misma, porque nos muestra en su total dimensión ese infinito espectro de las facetas humanas, del dolor, del amor, de la esperanza y del deseo irrefrenable de libertad.

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