Por: Saúl Pineda Hoyos

Un TLC imperial

El viacrucis que ha tenido que sufrir Colombia para obtener la aprobación del Tratado de Libre Comercio en el Congreso de Estados Unidos, se parece a la historia un tanto absurda del atleta de maratón que, después de haber cubierto con éxito los kilómetros reglamentarios, es obligado a correr otros cinco para probar su buena preparación.

En un principio, las exigencias se concentraron en el  tratamiento de Derechos Humanos, impulsadas por sindicatos y ONGs, las cuales tuvieron eco en la Cámara de Representantes, pese a los esfuerzos de la Administración Bush por evitar las objeciones al Tratado. Luego, el acuerdo Obama-Santos condicionó la ratificación del TLC a un conjunto de compromisos para proteger a sindicalistas y trabajadores, con incorporación de acciones puntuales para la protección de derechos laborales.  Pero cuando el camino se veía allanado, apareció nuevamente el Gobierno de Obama –acosado por una difícil coyuntura económica- para señalar la necesidad de definir primero en el congreso el programa de Asistencia al Ajuste Comercial (TAA por sus siglas en inglés), antes de ratificar nuevos Tratados. Como si fuera poco, la semana pasada la Casa Blanca se dio el lujo de desautorizar el optimismo del gobierno colombiano, alrededor de las condiciones cumplidas para la ratificación del acuerdo, en medio de las presiones de sectores sindicales de ambos países.

Todas estas dificultades minan el entusiasmo de Colombia para sacar adelante un tratado que resulta estratégico para fortalecer el proceso de diversificación de exportaciones del país, si se tiene en cuenta que en la actualidad el 94% de las exportaciones colombianas a nuestro principal socio comercial se limitan a combustibles, piedras y metales preciosos, café y flores. ¿Y a todas estas, que habrá pasado con las preferencias del ATPDEA?

En este largo proceso de ratificación del TLC, cada nuevo condicionamiento de los Estados Unidos erosiona aún más la dignidad  de nuestro país. Por lo tanto,  convendría una  firme  reacción de nuestra Cancillería, para explicar el verdadero sentido de los esfuerzos del gobierno del presidente Santos. De esa manera, se enviaría un claro mensaje a los funcionarios estadounidenses,  en el sentido de que, más allá del cumplimiento de parámetros para la ratificación de un TLC, el gobierno colombiano está interesado en los imperativos del Estado democrático y de una inserción más diversificada en las corrientes globales de  la política y la economía.

* Director CEPEC – Universidad del Rosario

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