Por: Piedad Bonnett

“Un trato humano y digno”

En su poema la habitaciòn del suicida Wislawa Szymborska dice: “Seguramente creéis que cuando menos la carta algo aclaraba.” Y enseguida añade: “Y si yo os dijera que no había ninguna carta”. Y sentimos la desolación que encierra ese verso, porque nada puede añorar más un superviviente que unas palabras del que nos deja, que ayuden a entender y a sobrellevar.

Lo sabe Diana, una joven profesional de la salud, porque en su caso esa carta existe y le ha sido negada. Daniel, su único hermano, de 21 años, que amaba a los animales, que sufría de depresión y de fobia social, que fue, como tantos jóvenes, de siquiatra en siquiatra buscando una salida y no la encontró, y que, según varias evidencias, algunas de su puño y letra, fue maltratado y abusado sexualmente cuando pequeño por un cura del conocido colegio donde se educó –una herida que no pudo superar– se lanzó el 23 de mayo pasado de la terraza del edificio de nueve pisos donde vive Diana. En el mensaje de Facebook que envió a sus conocidos a las 13:27 habla del maltrato animal, del abuso al que fue sometido y termina diciendo: “Muy feliz por todo lo que viví”.

Daniel quedó vivo por unas pocas horas y fue atendido en la Clínica Reina Sofía. Después de su muerte llegaron los agentes del CTI a interrogar a Diana, aún en shock. En mitad del interrogatorio –¿tenía enemigos? ¿Cuál era su inclinación sexual?– una funcionaria de la clínica interrumpió: el cadáver no podía salir para Medicina Legal ¡porque no habían pagado el bono de urgencias! Diana salió, pagó los 29.100 pesos, terminó el interrogatorio y en vez de salir a llorar su dolor en intimidad, tuvo que acompañar a los agentes al “lugar de los hechos”. Allí encontraron el celular de Daniel –que confiscaron– y se enteró, por la agente del CTI, de que entre sus ropas habían encontrado una carta manuscrita. Diana suplicó que se la dejaran ver. La respuesta fue negativa. Es “material de investigación”, le dijeron, y le solicitaron cualquier escrito de Daniel para el grafólogo. Diana entregó una hoja de una tarea de inglés. Luego firmó un documento de Fiscalía que titulan “Noticia criminal” donde se lee “Ud. tiene derecho a recibir, durante todo el procedimiento, un trato humano y digno”. Nadie le habló nunca de donación de órganos. Le advirtieron que, por la forma de muerte, durante cuatro años no puede haber cremación del cadáver, y que en un mes la llamarían a testificar. Así fue: el 20 de junio la llamaron a Paloquemao. Ella llevó todo lo que prueba que fue un suicidio: el mensaje de despedida de Facebook, las fórmulas médicas de los psiquiatras, etc. Después pidió hablar con el fiscal 371 que lleva el caso. Diana me cuenta que, casi sin mirarla, a la defensiva, él se negó a mostrarle la carta. No le ofreció ni una fotocopia. Ni una lectura en voz alta. Lo justificó diciendo: “en caso de suicidio todos son culpables, incluyendo la familia”. Cuando ella le preguntó por tiempos, le dijo que podían ser meses o años. Cuando indagó por el celular, le preguntó si estaba poniendo en duda su labor.

Yo, que en circunstancias similares recibí, en un país extraño, un trato lleno de consideración, me pregunto si la desconfianza y la inhumanidad de esta sociedad no tiene mucho que ver con esa impiedad de la justicia, esa que dizque debería ampararnos.

 

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