Un triste país en cuidados intensivos

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Ha sido una semana desalentadora. No basta con tener que lidiar con la tercera ola de la pandemia y los problemas estructurales de todos los días; ahora hay que lidiar de nuevo con esa violencia que cuecen las manifestaciones cuando el margen para dialogar es casi inexistente. Nada justifica esa violencia, nada justifica que en un momento como este todo se salga de las manos, nada justifica que los ya saturados y moribundos hospitales reciban más y más heridos, nada justifica que el gobierno no sepa medir las consecuencias de sus decisiones, y reaccione de manera violenta cuando ya es demasiado tarde.

En el fondo, Colombia no ha dejado de ser un triste país en cuidados intensivos y lo que está sucediendo en este momento solo acrecienta una crisis que se perenniza. De nada ha servido cuidarse tanto si los manifestantes se comportan como si no importara nada, como si la pandemia les hubiera dado una tregua para hacer cualquier cosa, como si las consecuencias de salir a la calle de cualquier manera no fueran, en este momento, de vida o muerte.

El problema es que en este triste país, la línea que separa una manifestación razonada y justificada de una orquestada horda de vándalos es demasiado fina. Y en un santiamén, lo que parecía un pueblo unido y civilmente desobediente, se convierte en una marea de salvajes que no solo van arrasando con todo lo que encuentran, sino que además se sienten capaces de reducirlo a su mínima expresión.

El problema es que en este triste país, la delincuencia común, de la mano con la pobreza y la desesperación provocadas por la pandemia, aprovecha el caos para apoyar la causa de un pseudo apocalipsis sin pies ni cabeza. Las tensiones de lo vivido en los últimos meses se convierten en la disculpa perfecta para saquear supermercados, dañar negocios y buscar hacerle daño al que no está pensando como uno.

El gobierno, con el presidente a la cabeza, no ha sido capaz de entender lo que pasa en Colombia. Le ha faltado sensibilidad para darse cuenta de las necesidades reales de las colombianas y colombianos en diferentes contextos, le ha faltado humildad para reconocer que no lo está haciendo bien, le ha faltado perspicacia para darse cuenta de que sin un mensaje real y honesto de consenso, no se va a llegar muy lejos.

El gobierno tiene la responsabilidad y la capacidad adquirida de evitar que el consenso llegue antes de la violencia. De lo contrario, podría sin “querer queriendo” incentivar una profecía autocumplida. Existe sin duda la posibilidad de anticipar lo que puede suceder si se presiona a una sociedad sin recursos que lleva soportando la tensión propia de una pandemia.

Es evidente que no es el gobierno el que rompe vitrinas y destruye el espacio público. Pero vale la pena preguntarse si ha hecho lo necesario para evitarlo. Nada justifica el comportamiento salvaje de las masas, pero es importante intentar entender cuál es su origen y hasta dónde se puede prever.

Mientras tanto, y por desgracia, el encierro de muchas niñas y niños en una ciudad como Cali, para dar un ejemplo, ya no es ni siquiera culpa de la pandemia: es culpa de toda esa violencia que no le teme a nada, y busca de manera incesante la muerte de toda esperanza de vida y reconciliación.

@jfcarrillog

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