Por: Oscar Guardiola-Rivera

Un verdadero monstruo

El último trabajo asignado a Hércules fue capturar al perro de tres cabezas que guardaba la entrada a los infiernos. La fortuna ayudó al héroe griego. Menos conocido que el can Cerbero es su opuesto, el T’ao T’ieh, que tiene una sola cabeza y dos cuerpos: la ambición y la avaricia.

La ambición desmedida dejó ver su horrible rostro en ambos lados del Atlántico la semana anterior. En Inglaterra, Kwaku Adoboli añadió su nombre a la ya larga lista de rogue traders, como llaman aquí a los corredores de bolsa dispuestos a descender a los infiernos con tal de inflar sus monstruosas ganancias.

En este caso, el banco UBS perdió dos mil millones de dólares por cuenta de las “transacciones no autorizadas” de Adoboli, que coincidieron con el tercer aniversario de la caída del gigante Lehman Brothers y con el clamor, más contundente cuanto más se acerca la siguiente crisis, de “regular” por fin a la banca.

Conocemos la historia: pequeños inversionistas seducidos por exóticos instrumentos financieros que en realidad no son más que apuestas, tan sujetas a la oscura fortuna como las labores de Hércules. ¿Y cómo regular a la fortuna? En EE.UU. la capacidad de regular ha sido corrompida por los dineros que llegan a las campañas políticas. En Europa, donde la corrupción se supone menor, los financistas fascinan y atemorizan por igual a los legisladores.

Los banqueros son el equivalente actual de los barones medievales. Como en aquel entonces, ausente una revolución o firme intervención externa, nada detendrá el secuestro del poder político por el económico.

Mientras tanto, en Colombia, los debates sobre la medición de la pobreza han revelado no sólo la inconsistencia de la ciencia económica sino también cierta voluntad del poder para borrar los hechos cambiando el lenguaje. Se trata de un idealismo monstruoso cuyo efecto es esconder la realidad de la avaricia.

Para evitarlo, los autores del muy importante libro Desigualdad prefieren preguntarse: ¿pobreza o desigualdad? Según ellos, la atención de los economistas suele centrarse en el crecimiento de la riqueza pues suponen que el problema de su reparto no les incumbe, sino a disciplinas “blandas” como la ética. Pero el problema real no es la manera como miden la riqueza y la pobreza.

En un mundo en el cual los bienes son escasos tiene que existir un límite a la acumulación privada. Los ricos no pueden serlo más allá de tal límite sin ser responsables por la mayor pobreza de los pobres. Pasar tal límite equivale a despojar a otros. Proteger sólo a quienes cierta medida declare más pobres, lejos de cambiar esa situación la refuerza. La desigualdad, causada por la acumulación sin límite, es el monstruo real. Y no podemos confiar en Hércules o los economistas para derrotarlo.
 

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