Por: William Ospina

Un viaje por la memoria de Colombia

LA IDEA FUE DE LOS MUCHACHOS DEL Chocó. Un reconocimiento a ese tipo de educación humanista que durante décadas se esforzó por integrar esas tierras aisladas al proyecto de la nación, y que preparó en el silencio una idea de lo que puede ser nuestro conocimiento del territorio.

Los muchachos hablaban de remontar el río, de ir por la corriente del tiempo tras los ancestros, buscando los héroes familiares, los héroes de la comunidad. Comenzó así un rastreo de la historia a través de los maestros negros, de las leyendas de la tierra y de sus tradiciones.

A través de muchas conversaciones, el proyecto de jóvenes de la Legión del Afecto decidió hacer un homenaje a esa corriente ignorada de educación. Porque estos maestros de setenta, de ochenta años y de noventa años de los pueblos del Chocó no sólo fueron también los ingenieros y los arquitectos de sus escuelas, sino que tenían que hacer penosos viajes por selvas y ríos, para educar a sus alumnos, y llegaron a tener una relación poderosa con el territorio.

Los mismos muchachos que concibieron la idea viajaron buscando a los maestros. Éstos habían sido parte de un proyecto nunca formulado pero existente. Impartieron su educación en las condiciones más difíciles, y fue una educación basada en el respeto por los demás, utilizando como elementos didácticos todo lo que tenían a mano, la propia naturaleza en la que trabajaban, para construir un modelo de dignidad que es necesario apreciar y valorar. Egresados de la Normal Superior de Istmina o de la Normal de Quibdó, hubo que buscarlos por pueblos y veredas, en Unguía, al norte del Atrato, en Istmina, en Quibdó, en Tadó y en Andagoya, al sur de Condoto, por los lados del río San Juan.

La idea del homenaje a los maestros se convirtió en un viaje. Un recorrido por algunos sitios fundacionales de la república, para que recibieran el homenaje agradecido de las distintas regiones, y dieran pie a un encuentro entre jóvenes que trabajan por la cultura, la memoria y la reconciliación. Durante el viaje encontraron por todas partes viejos amigos, incluso muchos profesores que fueron sus alumnos en otro tiempo.

Después de actos protocolarios en Quibdó, donde recordaron sus experiencias y hablaron de sus metodologías de trabajo, cuando a menudo no tenían ni tableros ni aulas, fueron a Armenia, y así comenzó un alegre y conmovedor viaje por el país. Con comparsas, unos 600 jóvenes de Cali, de Pereira, de Buenaventura, de Cartago, de Montenegro, de Circasia, de Bogotá, los recibieron en el Quindío. Vieron el parque Nacional del Café, visitaron las palmas de Salento, y casi mil personas, sobre todo jóvenes del Tolima y del Caquetá, los recibieron en Cajamarca con obras de teatro y canciones.

Hace diez días pasaron por Bogotá. En la plaza mayor le pusieron a la estatua de Bolívar un rostro negro. Esos viejos maestros que ya sentían su esfuerzo sumergido en el olvido, no esperaban este reconocimiento, y en la Universidad Autónoma recibieron certificaciones que les extendían sus antiguos alumnos. La Sala Delia Zapata y el teatro La Candelaria, realizaron para ellos actividades artísticas. En el Puente de Boyacá, jóvenes a menudo excluidos de los beneficios de la democracia, tomaron agua en cuencos de Ráquira, y procedieron al acto simbólico de lavar con agua del río lo que ellos llaman los pecados contra la democracia: la falta de oportunidades, el racismo, el desafecto, la violencia, la venganza, la destrucción de la naturaleza. Muchachos de Boyacá, de San Miguel de Tena, de Zipaquirá, de Muzo, acompañaron a estos cincuenta maestros hasta la gran plaza de Villa de Leyva, donde escucharon un concierto de la banda juvenil.

Vieron en el Socorro a las gentes de Simacota haciendo una evocación de la gesta de los Comuneros; en el parque Gallineral de San Gil recordaron a Aquileo Parra y a la corriente del liberalismo radical del siglo XIX; en Curití, ante el hermoso frontispicio de la iglesia, rindieron homenaje al poeta Ismael Enrique Arciniegas; y fueron al jardín Botánico de Bucaramanga, y al bello pueblo de Mutiscua, donde la Alcaldía municipal los agasajó con truchas de sus lagos. Visitaron la casa Águeda Gallardo de Pamplona, y una multitud aplaudió al grupo musical Renacer Chocoano, que cuatro maestros formaron durante el viaje. Un carnaval de chirimías fue con ellos hasta el museo Anzoátegui, y hubo después un homenaje a los poetas Cote y Gaitán, con una representación del poema Prometeo.

Visitaron el centro histórico de la Villa del Rosario de Cúcuta, (soplaba recio el viento de la frontera); encontraron a jóvenes de sitios agobiados por la guerra como Tibú y La Gabarra; bajaron por los páramos al Magdalena, recorrieron el valle hasta Mariquita, donde se abrió para ellos la Casa de la Expedición Botánica, y donde los recibió el querido Hernando Ávila. Allí hablaron de Mutis y de la biodiversidad del territorio; y del contraste entre los conquistadores y los descubridores, caminado entre el sitio donde murió Gonzalo Jiménez de Quesada y el sitio donde se pintaron las láminas de la Expedición Botánica; y subiendo a Manizales, en Petaqueros, tres mil personas vinieron por el cañón del Guarinó, de Marquetalia, de Samaná y de Pensilvania, a recibir a los maestros chocoanos.

En el teatro Los Fundadores de Manizales, vieron ejercicios de reconciliación de jóvenes de barrios marginales con el espíritu de la ciudad. Y para un relato de León de Greiff sería lo que siguió: el viaje por Supía; el encuentro con gentes del Guamal, donde estuvo la raza negra desde los tiempos de la gran explotación minera; la entrada a Marmato, tierra antigua de esclavos. Los maestros venidos de Andagoya conocen la historia de la minería y sus mil injusticias. En un pueblo al que se diría que le cayó encima el cerro por la explotación de las minas, en esa plaza en ruinas, se dio el encuentro con los indígenas embera chamí, y hubo tertulias para recordar las leyendas, para hablar del remonte del río, de la memoria mítica de un pueblo que se niega a desaparecer. El sábado hicieron un alto en Amagá, y hoy domingo estarán en Medellín, en el parque de San Antonio, donde esperan reunir a quince mil personas. Este lunes regresan a su tierra.

Esa energía, esa elocuencia, esas músicas, esa voluntad de construir la nación a veces en la mayor adversidad, son un ejemplo poderoso. Y se ha hecho visible una de las grandes rutas de la nación, el hilo con el que una comunidad laboriosa y sensible ayudó a unir para siempre el mosaico fragmentado de nuestra memoria.

Buscar columnista

Últimas Columnas de William Ospina

Detrás de aquel rostro

Esta tierra donde es dulce la vida (III)

Esta tierra donde es dulce la vida (I)

La tormenta (II)