Por: Reinaldo Spitaletta

Un vino por Facundo

El hombre es tierra que anda, decía el inca, reproducido bellamente por Atahualpa Yupanqui, el gran juglar latinoamericano, que no tenía “tiempo, ni fechas, ni calendarios”, según la expresión de Daniel Viglietti. Atahualpa, tal vez sin proponérselo, fue el fundador de lo que se denominó la Nueva Canción de América Latina, de la cual, de distintas maneras, hizo parte el asesinado Facundo Cabral.

De esa nueva canción, que canta (o cantaba) contra las injusticias y a las rebeldías sociales, también hicieron parte, como gestores, Violeta Parra, Armando Tejada Gómez y Alfredo Zitarrosa, por citar a algunos. Las décadas del sesenta y del setenta, vieron nacer y crecer el movimiento de la canción social o de opinión, tiempos aquellos de dictaduras y opresiones. Se escuchaban desde “pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”, hasta las arremetidas poéticas de Víctor Jara.

Y en medio de aquella insurrección musical, surgió la voz de Facundo Cabral, que en rigor se llamaba Rodolfo, aunque su mamá lo quiso bautizar con el nombre del caudillo argentino, pero para aquellos tiempos (1936) estaba prohibido poner a los niños nombres de caudillos, según lo recordó el autor de “No soy de aquí ni soy de allá”, el mismo que le gustaba ser amigo de los ladrones y de las canciones en francés.

Cabral, que pasó su adolescencia en una correccional, se definió siempre como un cronista, “lo mío es la literatura oral”, dijo en varias ocasiones. Advertía que su maestro había sido Atahualpa, pero que también le debía mucho a Gardel. “En el aspecto literario le debo a Schopenhauer, Bloy y Spencer; además a Jorge Luis Borges, un hombre generoso conmigo, del cual tuve la suerte de ser amigo”, afirmó en una entrevista.

El cantor, que en sus últimos tiempos había adoptado un tono de pastor protestante, fue perseguido por la dictadura militar argentina, a la que él calificó como la mancha más grande y la mayor vergüenza sufrida por su país. Según Cabral, no había una nueva canción, porque siempre hubo cancioneros populares, juglares y poetas luminosos en toda la historia, lo que pasa –agregaba- es que la gente seguía distraída y no se daba cuenta de la presencia de esos rapsodas. “En mi país, el menos comercial de los cantantes, es el mejor de todos: Atahualpa Yupanqui”, dijo.

El cantor, que de joven padeció a fondo los castigos de la pobreza, conoció a Eva Perón, a la que fue a buscar para solicitarle trabajo. Se dice que ella dijo: “Sos el primero que en vez de limosna me pide trabajo”. Facundo Cabral, un “vagabundo de primera clase”, que se presentó en 170 países, era un juglar de nuestros días, una suerte de predicador del pacifismo, que en los últimos tiempos más que un irreverente cantante de protesta, se parecía a un promotor de mensajes de autoayuda.

La corriente de la nueva música social, hoy parte de una arqueología, o de una especie de educación sentimental para muchos, tuvo en Cabral un representante muy sonado. Aquel muchacho que a los quince años empezó, gracias a un jesuita, a conocer a Quevedo, Góngora, Horacio y Plotino, se erigió primero en un contestatario y luego en un místico. Se autodeclaró librepensador y libresentidor. “Yo quise cambiar el mundo, pero el mundo me cambió a mí”, se le oyó decir.

Amigo de Krishnamurti, un día le preguntó: “¿hasta cuándo voy a caminar, maestro?”. “Hasta que te metas en tus propias botas”, le contestó. Cabral era un caminante, alguien que no dejó testamentos y que, como el Che, no quería dejar nada material a los suyos. Compró un cuarto en un hotel porteño. Se bañó en el Mar Muerto y flotó en las aguas del Mar Rojo. No era de aquí ni de allá; tal vez, sí, de muchas partes.

Cabral que cantó contra la barbarie, fue víctima de ésta. Lector de Almafuerte y de Whitman, todavía sigue persiguiendo en bicicleta a Manuela. Y a algunas malas señoras, que a la larga son las mejores. Un vino en su memoria.

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