Por: Carlos Granés

“Un violador en tu camino” y la estetización de la protesta

La década está terminando como empezó, con gente en la calle protestando. Si a comienzos del 2010 fue el mundo árabe el sacudido por nuevas esperanzas democráticas, en el 2019 ha sido América Latina la revolucionada a causa de distintos tipos de frustración. Y aunque en muchas de estas tomas masivas de las calles hubo violencia, también cobró importancia otro elemento: la estetización de la protesta.

Tal vez este sea uno de los rasgos más salientes de la década que termina. La política y la vida en general se han convertido en una permanente puesta en escena para los demás, bien para los electores que deben escoger entre políticos o para quienes componen los círculos sociales que frecuentamos. Quizás siempre ha habido algo de teatralización y de show off en la vida social, pero hoy, gracias a las redes sociales, esta dinámica se ha acentuado. Ya nadie puede asumir inocencia: lo que se hace en redes tiene un elemento performativo. Es algo que se hace para ser visto haciéndolo. Son conductas que se ejecutan para forjar una imagen, para asociarse a alguna causa moral o para llamar la atención sobre uno mismo y sus virtudes.

Lo acontecido durante el paro nacional en Bogotá también parecería confirmar que hoy en día es mucho más efectivo promocionar una idea o una causa fundiéndola con expresiones artísticas. El empaque se hace más amable, más digerible, más mediático. Lo mismo ocurrió en Chile. Después de los desmanes y del vandalismo absurdo, surgió una protesta muy estetizada. El metro aún echaba humo cuando un colectivo de artistas, Lastesis, puso en escena una performance que le dio un tono feminista al ciclo de protestas latinoamericanas. Un violador en tu camino, como se llama la performance, mezcló rima, música y una puesta en escena que recordaba a los flash mobs pero que en realidad era otra cosa: la traducción de ciertas ideas feministas a eslóganes tarareables y bailables.

Tal fue su poder visual y escénico que se convirtió en la primera performance viral. Es decir, no en una obra que se replica en distintos lugares, sino en una manifestación pública que se ejecuta en una ciudad y que al día siguiente se replica en otra, y en otra, y así desde Chile hasta Turquía, desde México hasta la India, desde Venezuela hasta Kenia. Su efecto contagioso pone de manifiesto dos cosas: que los colectivos feministas están muy coordinados y sincronizados alrededor del mundo, y que esta década también ha sido la suya, la de sus reivindicaciones y exigencias.

Un violador en tu camino ha difundido mejor que cualquier campaña ideológica algunos postulados del feminismo. No los más moderados, desde luego, porque la performance no suele serlo. Este tipo de obras tiene siempre un elemento disruptivo, grandilocuente y exagerado, porque de otra manera no cumpliría su cometido, que es llamar la atención y sacudir conciencias. Y esas conciencias que sacude y suma para su causa no suelen ser las del enemigo, sino las de sensibilidades afines. Es lo de menos. Una performance no cambia el mundo ni derrota al capitalismo o al heteropatriarcado, pero sí transforma a quienes participan en ella. Será interesante ver qué ocurre con una nueva generación que ha hecho suyas, cantándolas y bailándolas, las consignas feministas. Sobre todo cuando llegue a cargos de poder.

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2019-12-19T08:39:31-05:00

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2019-12-19T14:58:11-05:00

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