Por: Juan Esteban Constain

Un volcán

A veces, pensando en esta columna, me da por evocar los aniversarios más excéntricos, desde el de la llegada con un año de retraso (cuándo no, cuándo a tiempo) del calendario gregoriano a  Hispanoamérica, hasta el de la publicación de las “Iluminaciones” de Rimbaud. Se vuelve uno como ese funcionario de la República, cuya función era gritar la fecha todos los días en los arrabales de Roma.

Pero el aniversario de hoy, precisamente tan romano, será muy triste: el de la noche del 24 de agosto del año 79 de nuestra Era. La noche y el día, mejor decirlo, porque cuando el Vesubio explotó ya no había sol para atizar sus piedras, y el 25 en la mañana todo el golfo de Nápoles  amaneció entre sombras, tiznado por la ceniza que aún volaba  y las lenguas de humo que salían del volcán. En menos de 20 horas, un río de lava se había llevado consigo a la villa de Herculano, y también a Pompeya, cuyos restos dejan ver, aún hoy, la vida que estaba ocurriendo mientras la tierra empezó a bramar. Un muro de la ciudad, intacto, conserva el letrero de una campaña electoral que pocos días antes había anunciado lo que  se les venía loma abajo a los pobres pompeyanos: “Livia y sus hijas invitan a votar por Casio”.

La erupción del “Monte Vesubio” fue una de las tragedias más grandes de la antigüedad romana, y su recuerdo vivió por largos años —largos siglos — en la mentalidad de ese pueblo que ya había sido capaz de dominar  a medio mundo, pero que poco pudo hacer ante la voluntad sin complejos de la naturaleza. Plinio el joven fue testigo de la explosión, y se lo dijo a Tácito en una de sus cartas: “No he visto infierno más completo que este”. Un infierno que, además, se ha repetido varias veces, y que todavía hoy, en la Italia deliciosa de Silvio y sus vestales, amenaza con dejar salir de nuevo sus iras y sus toses.

La tristeza de este aniversario es completa, pues el tío de Plinio el joven, que se llamaba como él, murió  al comando de una flota que quería saber de buena fuente, en el volcán, lo que encerraban esos ruidos de la tierra.

Plinio el viejo: grandísimo escritor latino, cuyas historias hablan de hombres en la India con un ojo y tres alas. No faltó la lengua aviesa que lo acusara de ser un pirata, y a la erupción de ser su castigo.

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