Por: Columnista invitado

Una adolescencia complicada

Como símbolo y aspiración de madurez y reconocimiento internacional, Colombia quiere pertenecer a la OECD, ser cabeza de serie del Mundial o destino turístico novedoso.

 Inversionistas extranjeros han llegado atraídos por los recursos naturales, por el poder adquisitivo de la creciente clase media o el importante número de TLC.
A pesar de todos estos hechos y favorables expectativas, es bueno recordar que ni somos un país desarrollado, ni hemos ganado el Mundial, ni somos el principal destino turístico, ni el centro del universo. Sí, somos un país con favorables perspectivas, que se podrían mejorar sustancialmente en un escenario de paz y posconflicto exitoso. Un país adolescente que tiene una opción de llegar a una madurez sana y positiva para dejar huella. Pero debemos reconocer que para llegar a ese estado debemos pasar las pruebas básicas que nos impone la adolescencia.

La primera es la reflexión y la discusión ponderada, que pase de los diagnósticos a las propuestas. Tradicionalmente el proceso de realizar políticas en una democracia madura surge en la academia y en los centros de pensamiento, se consulta con las partes interesadas y llega al ejecutivo y al legislativo luego de una reflexión e intercambio de ideas documentado. El buen periodismo de opinión de un país mayor de edad se caracteriza por una verificación y reverificación de los datos, una aversión a reforzar los mitos y leyendas que surgen de los lugares comunes y una especialización de los contenidos. De esta manera los debates públicos son ilustrados, los costos y beneficios de las políticas sopesados y las decisiones no implican un salto al vacío.

Como país, atravesamos por un período de grandes tensiones donde todo se cuestiona, se subvalora lo que se ha construido por décadas y estamos listos a criticar en medio de una euforia y pugnacidad que bien puede costarnos caro. Los congresistas estrella son excelentes para las críticas, pero flojos en las soluciones y en las ideas. En nuestro caso, una ley del péndulo maximalista es la que parece primar. Si hay corrupción, que la hay, todos los funcionarios se asumen corruptos. Las leyes, las normas y su interpretación hacen imposible que los honestos se vinculen al sector público. Nos quejamos de la falta de ejecución, pero en el estado de cosas actual no debería sorprendernos.

Si descubrimos jueces que venden sentencias, hay que hacer una reforma constitucional. Si los precios de los productos agrícolas caen, hay que acabar con la institucionalidad del agro. Tenemos el síndrome de la necesidad de refundar, ignorando las cosas buenas que tenemos y que debemos mantener. La actitud de valorar y construir sobre las instituciones que ha desarrollado el país en cerca de 200 años de vida republicana recibe muy poca exposición. En contraste, gran difusión reciben las nuevas formas de expresión de una multitud de opinadores con millones de agendas individuales que cuestionan todas las instituciones por falta de representatividad, definiendo esta última desde una perspectiva puramente personal.

Esperarían los colombianos que los líderes de opinión y las personas que tienen a su cargo “los más altos destinos de la patria” nos ayuden a llegar a la deseada vida adulta con reflexiones que, como se decía de un ilustre expresidente, “hagan pensar al país”. Sin embargo, el bajo nivel del debate público, la forma peyorativa en que nos dirigimos a los que tienen ideas diferentes, la poca profundidad de los análisis, la pugnacidad del lenguaje y las agendas personales de quienes definen lo que discute el país no dan campo para un gran optimismo. Como vamos, vamos para un síndrome de Peter Pan nacional o, en el mejor de los casos, para una adolescencia complicada y prolongada.

Por: Luis Fernando Samper

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