Por: Lisandro Duque Naranjo

Una agenda apretada

HASTA HACE MUY POCO, PENSABA que si mi agenda se me perdía, tendría que empezar de cero la existencia.

No me refiero, desde luego, a la agenda entendida como un temario trascendental para personalidades políticas —verbigracia, “la agenda de Santos en EE.UU. será el TLC”—, sino a esas libretas de pasta de cuero, con fechas en sus páginas para apuntar las tareas diarias, y al final un directorio con los teléfonos de amigos o allegados profesionales. Las mismas que tienen un mapamundi con las diferencias horarias según los meridianos, unas tablas para convertir millas en kilómetros, hectolitros en galones, grados Fahrenheit en grados centígrados, y que en los bordes de abajo de las páginas ofrecen sentencias de Benjamín Franklin y Winston Churchil. Una especie de enciclopedia de datos urgentes que nunca se consultan.

Por pereza de pasar en limpio anualmente los teléfonos de mi directorio, cada agenda me duraba cuatro años seguidos, razón por la cual se me apeñuzcaban mucho los deberes. Entre 1978 y 2010 usaría si mucho unas ocho, de modo que al estrenar la siguiente la enriquecía con los compromisos actualizados y la podaba de las deudas pagadas, a favor y en contra. Mirando una de las viejas, encuentro todavía acreencias de cinco mil pesos. Como por fortuna los listados telefónicos se volvieron desprendibles, empecé a ensamblar los antiguos en las agendas recientes y escribía los nuevos números en los directorios que éstas me ofrecían en blanco. Sobra decir que las agendas se me convirtieron en una extensión del cuerpo y que ninguna se me embolató jamás, ni siquiera cuando me desjuiciaba. Poco a poco, además, iba guardando en ellas los documentos importantes —copias de contratos, comprobantes de pago de servicios, declaraciones de renta etc., porque uno nunca sabe qué le pueden pedir en cualquier diligencia—, que le fueron dando a cada una un aspecto de legajador AZ pero al revés, o sea, con un lomo muy estrecho y un montón de hojas despelucadas asomándose por la parte superior. Si ocupando un taxi ocurría un frenazo en seco, todo aquello se desparramaba por el piso como si un ventarrón se colara por la ventana de un juzgado. Una vez, se me prendió el bombillo y amarré con una banda de caucho todo ese kárdex portátil, logrando, por fin, llevar debajo del brazo la agenda como se debe: apretada. Con el agravante de que si requería apuntar un dato en ella me daba tanta mamera que más bien prefería escribirlo en tantas facturas que mantengo en el bolsillo por concepto de adquisición de minucias y que por disciplina ecológica no arrojo al suelo. “Después paso esa información a la agenda nueva”, me estuve diciendo durante veinte años.

Un día descubrí que la agenda sólo me servía para cargarla, pues encontrar algo en ella era imposible. Me tomé entonces el tiempo de abrirla para hacer una limpieza de nombres de amigos, y me llevé la sorpresa de que muchos de éstos, por haber pasado de moda los teléfonos fijos, los tenía guardados en la memoria de mi celular, y que el resto habían dejado de existir incluso desde antes de que saliera al mercado la telefonía móvil. Como quien dice que lo que llevé debajo del brazo en mis varios directorios acumulados, fue una lista de difuntos a lo largo de dos lustros. Y en las agendas ahora arrumadas, una serie de trabajos cumplidos más o menos a satisfacción y no pocos que se me quedaron iniciados.

Por viejo que esté, sin embargo, no he perdido el derecho a descubrir placeres desconocidos. El último de éstos ha consistido en habituarme a la libertad de llevar una agenda pequeña, que me cabe en el bolsillo, lo que me permite ir por ahí sin nada en las manos y pudiendo consultar sin problemas las tareas estrictamente necesarias. En cuanto a la hojarasca contable que siempre me acompañaba, compré una caja plástica donde la tiré completa por si acaso algún día me exigen constancias de un negocio viejo.

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