Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Una buena oportunidad

Con su estilo inimitable, nuestro vicepresidente reprochó amargamente a los técnicos del DNP por sugerir que una persona que gane algo más de 190 mil pesos mensuales ya deja de ser pobre.

La declaración vicepresidencial generó toda clase de reacciones. Algunos la interpretaron como oposicionista, lo cual es, por decirlo suavemente, forzado —hoy en día todos los gobernantes regañan públicamente a sus funcionarios y todos los entrenadores de fútbol a sus jugadores: ¿dónde está la novedad?—. Los economistas, ofendidos en su fuero profesional, produjeron la predecible reacción defensiva. Un par de políticos manifestaron su simpatía con la nueva causa de Angelino. El siempre colorido Benedetti, por ejemplo, insinuó que la nueva medición estaba relacionada de alguna manera con “la derecha internacional”.

Creo que valdría la pena tratar de impedir que el tema se pierda en medio de la cacofonía y se reduzca a un nuevo round del antagonismo biológico entre “técnicos” y “populistas”. Es claro que aquí cada lado ha aportado buenas razones. Lo que han hecho en el DNP es aplicar muy juiciosamente un conjunto de instrumentos de análisis de la pobreza, para hacerla medible y comparable. Y tienen toda la razón ellos, así como sus voceros, al recordar que tales instrumentos no han sido sacados del sombrero. Esta es una cosa del cerebro, no del corazón. Si el Estado colombiano no puede producir cifras que permitan hacer comparaciones sistemáticas, entonces estamos en problemas (entre otras muchas cosas, porque será mucho más difícil formular políticas serias de lucha contra la pobreza).

Y sin embargo... Ninguno de estos inteligentes y sobreeducados, y generalmente sobrealimentados, tecnócratas fue capaz de responder al desafío de Angelino, que, en su sencilla brutalidad, se mantiene por tanto en pie. Me hubiera encantado que en vez de voces de indignación y referencias crípticas a métodos probados internacionalmente, alguien hubiera recogido el guante y hubiera dicho cómo diablos se vive con 190 mil pesos mensuales. Nadie lo explicó. Sólo oí expresiones de incomodidad y un intento de deshacerse del entrometido, sugiriendo que no se lo tomara tan terriblemente en serio. ¿Al fin y al cabo qué sabe de estas cosas? Pero estas descalificaciones suelen acompañar a la falta de argumentos.

En realidad, en el experimento propuesto por el vice, y en una observación de César Caballero, está la clave para transformar el asunto en un debate constructivo. Caballero nos trajo a la memoria que en efecto la metodología había cambiado. Y eso a su vez nos lleva a un principio simple pero fácil de olvidar: estas mediciones casi siempre son polémicas y cambiantes. Y han estado sometidas a un debate duro y semipermanente (esto incluye al sacrosanto producto interno bruto, reexaminado por la comisión Sarkozy, presidida por Stieglitz y Sen). Es muy bueno que nuestros tecnócratas manejen diversas metodologías internacionales. Pero esto no implica en lo más mínimo que ellas sean intangibles, inasibles o intocables. Ni complot de la derecha internacional ni piedra filosofal, pueden y tienen que estar sometidos al debate público, como todo lo demás. Con más razón en un país con una buena tecnocracia, como el nuestro.

Que el vicepresidente de la República ponga sobre el tapete temas como estos en un país caracterizado por una desigualdad extraordinaria sólo puede interpretarse como algo positivo. Y de hecho interpreto su declaración como una invitación a afinar y desarrollar las herramientas de medición del Estado colombiano. Vale la pena someter a escrutinio el estándar de 190 mil pesos; creo urgente construir en paralelo una herramienta de evaluación de la calidad del trabajo de los colombianos. En todo caso, este debate no puede hundirse en medio de estereotipos y alaridos. Es demasiado importante para dejarlo perder.

 

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