Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una carta para ángeles

El caso del Presidente Zelaya se convirtió en detonante de una feria increíble de pasos en falso.

Desde su intento por acomodar la institucionalidad en busca de permanecer en el poder, hasta la inocente idea de que en Tegucigalpa dejarían aterrizar el avión de su regreso, el espectáculo de equivocaciones demostró cómo, al menos en América Latina, vivimos todavía en los albores de sistemas políticos e internacionales que vayan más allá de la letra.

La primera muestra de mal tino proviene del propio Zelaya, por haber tratado de modificar las instituciones mediante procedimientos no preestablecidos, sin entrar a calificar la molestia y preocupación que pudo producir en ciertos sectores de la sociedad hondureña su pretendida alineación con el proyecto político de otro presidente latinoamericano que dice haber inventado el socialismo del Siglo XXI.

Los golpistas, por su parte, optaron por el peor de los caminos, y al parecer ante la carencia de mecanismos institucionales expeditos que permitieran poner en orden al Presidente, resolvieron apelar a un método de relevo presidencial que estuvo de moda en algunos países de la América Latina hace años y cuya reedición sólo puede producir rechazo, sincero en unos casos y de apariencia en otros. 

La reacción de la OEA parece salida de una cartilla elemental y no dio muestras del menor tacto político. Impotente para actuar cuando las cosas se comenzaron a desviar de su cauce institucional, resolvió hacer una conminación de principio, que jamás acompañó de algún gesto de realismo que permitiese una salida distinta del ridículo. Y al sacar a Honduras de la Organización todo lo que hizo fue ponerla fuera de su alcance, porque ningún poder se puede ejercer sobre alguien excluido expresamente de la propia jurisdicción.

El mecanismo, casi infantil, de enviar un avión con el depuesto presidente a bordo, acompañado de otros jefes de estado para que fuese de inmediato reinstalado, pensando que los golpistas saldrían corriendo despavoridos a sentarlo en la silla presidencial y a pagar de una vez las consecuencias internas de su desafuero, fue un espectáculo tragicómico. No se sabe qué pensaran ahora de ello los acompañantes, cada uno célebre por sus propios méritos, que se jugaron su prestigio y se montaron en la nave con Zelaya, creyendo que eran garantes de un imposible. Como si no supieran que bastaba con atravesar un camión para que el avión no se posara sobre la pista.

La amenaza de invasión, a la manera de potencia decimonónica, para restaurar el orden, tal vez demostró una vez más que la palabra del actual Presidente venezolano resulta a veces demasiado adelantada respecto de sus verdaderas posibilidades. Y su protagonismo resultó desdibujado cuando aparecieron de otra parte ideas un poco más realistas y constructivas que de pronto permitirían un camino hacia la restauración de la democracia hondureña.

Hillary Clinton y Oscar Arias, por el camino del pragmatismo, luego de la obligatoria condena y ante los hechos cumplidos, terminaron por establecer contactos entra las partes, con lo cual abrieron al menos un paréntesis que de alguna manera mantiene la vigencia de la condena generalizada pero abre una puerta de salida de la situación. Lo que nadie ha explicado es porqué los Estados Unidos mantienen intacta su misión diplomática en Tegucigalpa, como si nada hubiera pasado.

El espectáculo, a los ojos del mundo, no ha podido ser más triste ni deslucido. El golpe hizo retroceder el reloj de la historia al mostrar de nuevo esa vitrina de insuficiencia política e institucional que en otra época se evidenció en algunos países centroamericanos, lo que perjudica, debido a la ignorancia de las proporciones, la imagen entera de la América Latina. Pero más allá de las apariencias, y ante la errática utilización de los mecanismos del sistema interamericano, se puede pensar que la carta democrática de la OEA, de la que tanto nos preciamos, fue diseñada para ángeles. O tal vez para políticos y diplomáticos de mayor estatura.

 

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