Una cita en el Parque Nacional

Dicen que está de aniversario el Parque. Yo crecí con él, viendo cine y jugando en el carrusel.

Escribo esta crónica porque el domingo, extrañamente, soñé que estaba en el entierro de un escritor bogotano a quien le tengo mucho cariño. Yo me encontré de niña en la novela de Miguel Torres, El crimen del siglo, acompañando en las mañanas heladas a Gaitán, mientras trotaba arriba de la quinta. Viendo a Roa Sierra, siguiendo de cerca al caudillo.

El recuerdo más triste de mi vida ocurrió en el Parque Nacional. Fue en los setenta. El parque estaba un tanto abandonado. Me puse una cita con Esteban, mi “amante”, un hombre mayor y casado a quien veía cada quince días en sitios diferentes. Esa tarde le diría que no quería saber más de él. Le haría saber que me proponía buscar otra vida, en otra parte. No había sido fácil tomar esa decisión. Llevábamos más de dos años juntos (“juntos” es sólo un decir) y yo me había sometido a sus caprichos y lloriqueos de niño. Esa tarde el parque estaba más solitario que de costumbre. Sólo había un fotógrafo y un par de vendedores de helados. Ahora que lo pienso, creo que hubiera querido tener una foto de ese día y de esos tiempos. Estaba dañada la fuente de Rafael Uribe Uribe y había menos árboles que ahora. Ese día no había llevado mi reloj (el día anterior había ido a cambiarle el pulso en la carrera octava donde el judío-catalán, don Jeremías Palau) y confié mi suerte a los suizos. Parafraseando a José Eustasio Rivera, “jugué mi corazón a la precisión de los relojes suizos y me lo ganó el azar…”. Esteban nunca llegó. Lo esperé, creo, más de dos horas. La cita era a las 3 p.m. Nunca más supe de él. Un par de años después me enteré de que ese día, justo ese día, se dañó el reloj suizo que hace unos meses por fin repararon.

Salomé Macuase. Bogotá.

El “Estado de opinión”

Corre la especie de que el ciudadano Presidente se apresta a refundar, ya no la Patria, sino uno que llama “Estado de opinión”, por sobre el Estado de Derecho. De ser cierta, esta pretensión confirmaría la advertencia aristotélica de que la democracia puede degradar en despotismo autoritario cuando el pueblo se hace monarca sobre la ley llevado de la mano por los demagogos.

No tendría sustento teórico ni jurisprudencia válida el estropicio según el cual sea viable superponer el engendro del “Estado de opinión” sobre el de Derecho, dado que éste último ha sido construido por la misma opinión. Asumir que la opinión puede sobreponerse sobre el derecho que ella misma ha creado vía sus entes representativos, de una parte resultaría la mejor prueba de las pretensiones autoritario-despóticas del incumbente y, de la otra, acusaría ser una falacia de proporciones según la cual el pueblo debe destruir el edificio político que con harta dificultad ha diseñado para construir una sociedad que supere las taras coloniales.

Bernardo Congote. Bogotá.

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