Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una ciudad interesada en renacer

Cada ciudad ha sido, bien que mal, el resultado de una utopía; otra cosa es que por una u otra razón se haya visto apartada de ella.

Como seres vivos, es normal que las ciudades se distancien una que otra vez de la intención de sus fundadores, que seguramente siempre fue la mejor, y de la voluntad de los animadores importantes de su vida, que son quienes le han marcado el carácter. La presencia de uno que otro depredador las amenaza de vez en cuando, y las puede poner en peligro, mientras los ciudadanos descubren que en sus manos puede estar el manejo de las cosas para corregir los errores y marcar otra vez el rumbo del bienestar general.

Llena de bombas por explotar, que infunden más miedo que las que ya estallaron, y por lo demás destruida en el cuerpo y golpeada en el alma, la ciudad siria de Kobane proporciona un ejemplo de resistencia y optimismo dignos de imitar. Víctima de las disputas cruzadas entre el gobierno sirio y los rebeldes, escenario de las aspiraciones de los kurdos que eternamente anhelan su independencia y de la violencia del pretendido Estado Islámico de Siria y el Medio Oriente, los cronistas dicen que la ciudad simplemente huele a muerto. Y como ya se sabe, ese olor no permite hacer distinciones de partido político, religión, ni condición social.

La utopía que alentó la existencia de Kobane viene del deseo de trabajadores armenios y kurdos que hace un siglo la comenzaron a hacer crecer, en plena época de la decadencia otomana, como oasis de las desgracias de cada quién, alrededor de una estación de tren que ayudaron a construir dentro del proyecto alemán de contar con una vía férrea que uniera a Berlín con Bagdad. Los armenios se fueron más tarde a vivir a la Unión Soviética y los kurdos, en la frontera de la Turquía moderna, se quedaron durmiendo el sueño reprimido de su opción de independencia, hasta que la guerra civil y el ataque inclemente del “Estado Islámico” les vino a dar una nueva oportunidad de entrar en la escena como actores de peso internacional.

El triunfo reciente de los kurdos, que le han infringido al ISIS una derrota memorable, ha tenido como precio prácticamente la destrucción de la ciudad. Ahora es preciso que se la vuelvan a inventar en medio de toneladas de escombros, sin energía eléctrica y sin agua, y sin que muchos de sus habitantes, que suman al parecer más de la mitad, tengan un hogar al que puedan regresar ni puedan llevar otra vez la vida urbana de la que en algún momento se llegaron a enorgullecer.
Todavía se escuchan disparos de francotiradores, cuando no de soldados o milicianos en entrenamiento o simplemente presa del miedo y ansiosos por hacerse notar. Porque el conflicto no ha terminado y todos saben que aún hay, allí y en otras partes, muchas cosas por definir. La sangre de los mártires, es decir de los testigos de todas las partes en ese conflicto insensato, todavía lo tiene todo manchado, y no se puede predecir cuál pueda ser el final de la secuencia brutal de desastres que comenzó con la rebelión en contra de la dinastía de los Assad, hábil como ninguna para sobrevivir tanto a las desgracias que ha producido con su propia existencia como a los embates de sus contradictores internos y exteriores.

Recordados y alentados, una vez más, por las fuerzas occidentales interesadas en el rechazo al proyecto fundamentalista, los kurdos por ahora triunfantes en la recuperación de su ciudad parecen tener claro que todo depende más de los ciudadanos que de la administración. Anwar Muslim, autoproclamado Presidente de la ciudad, lo ha entendido muy bien. Por eso ha decidido aprovechar la voluntad de supervivencia demostrada por sus habitantes y conformó una especie de “gabinete cívico” integrado por urbanistas, arquitectos, ingenieros, y representantes de las fuerzas cívicas, para emprender la tarea de la reconstrucción. De su trabajo mancomunado depende, tanto como de los gobernantes, la posibilidad de obtener ese objetivo.

Una ciudad que trata de reconstruirse luego de una batalla campal y bajo la amenaza permanente de una reconquista feroz, tiene que ser buen ejemplo para los habitantes de urbes que, en cualquier lugar del mundo, creen que les llegó el fin porque tienen dificultades crecientes de movilidad, o simplemente porque no han sido capaces de comprender las proporciones que llegaron a adquirir sus problemas. La solución, en todo caso, no puede ser la de echarles la culpa a los gobernantes que han tenido, y que fueron elegidos de pronto por la minoría que sí se tomó el trabajo de ir a las urnas en medio de la apatía general. Tal vez una participación ciudadana adecuada e ilustrada, y una cuota significativa de buen juicio a la hora de elegir, les permitan lanzar desde la plataforma de la voluntad popular el proceso de su recuperación.

 

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