Por: Juan Carlos Botero

Una cólera justificada

Desde el Medio Oriente hasta Wall Street, y pasando por toda Europa, soplan vientos de indignación.

Cada país tiene razones propias para que su juventud se levante y proteste, reclamando cambios urgentes, pero todos tienen en común la cólera ante la acumulación de injusticias intolerables.

En el caso de Wall Street, la indignación de los ocupantes radica en el deterioro de la justicia social que caracterizó a su país durante décadas. Es una paradoja, señala Alexandra Stille de la Universidad de Columbia, porque mientras varios sectores en los EE.UU. han hecho valer sus derechos y conquistado su igualdad social y política, entre ellos las mujeres, los negros, los hispanos y los homosexuales, a nivel económico ha sucedido lo contrario: el país se ha convertido en una de las democracias menos equitativas del mundo.

Lo que la gente resiente no es que en estos años unas cuantas personas se hayan vuelto ricas, sino que se han creado unas reglas de juego injustas que además aumentan la brecha entre ricos y pobres, en vez de reducirla, que es la tarea de toda sociedad civilizada. Así, quien es rico puede aumentar y perpetuar su riqueza, mientras que el pobre seguramente no podrá dejar de serlo jamás.

Tampoco es un problema de envidia, como dicen otros con perversidad o ligereza. A menudo en Colombia la riqueza sí despierta cierto resentimiento social, pero en EE.UU. la gente suele aplaudir al rico y más si éste ha creado su fortuna en forma meritoria. El problema es otro: la concentración de riqueza en pocas manos y la multiplicación de la pobreza en demasiadas otras.

Si alguien todavía tiene dudas sobre la validez de protestas como la de Wall Street, basta refrescar los últimos datos disponibles. En los EE.UU., señala Nicholas Kristof, los 400 individuos más ricos del país tienen un patrimonio superior a los 150 millones más pobres. El 1% de la pirámide social posee más riqueza que el otro 90% de la población. El 65% de la riqueza producida entre 2002 y 2007 (los años de Bush), se concentró en el 1% más rico del país. Según el Wall Street Journal, entre 1982 y 2008 los ingresos del 1% de las personas más adineradas aumentaron más del doble. Según la Congressional Budget Office, durante las últimas tres décadas los ingresos del 1% más rico del país crecieron en un 265%, mientras que los ingresos de la quinta parte más pobre apenas aumentaron en un 18%. Por cierto, no es sólo un problema de EE.UU. El World Wealth Report anota que de siete mil millones de personas en el planeta, sólo 103.000 controlan más de la tercera parte (el 36,1%) de la riqueza total.

El gobernador de Texas, Rick Perry, declaró en estos días que si su plan de reforma tributaria aumenta la desigualdad social en su país, “Eso no me importa”. Bill Gates, en cambio, uno de los hombres más ricos del mundo, piensa lo contrario y así lo dijo en su famoso discurso de Harvard en julio de 2007: “Los avances más importantes de la humanidad no se miden en sus descubrimientos, sino en la forma en que esos descubrimientos han contribuido a reducir la desigualdad social”. En efecto, es hora de que los líderes del mundo se dejen de reír de estas marchas de indignación, antes de que los mismos vientos que las crearon los borren para siempre de la faz de la tierra.

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