Por: Lorenzo Madrigal

Una coletilla para Salgar

José Salgar llega a los noven- ta años (“asciende a esta cumbre de la vida”, se decía antiguamente, pero con relación a los sesenta). Los tiempos han cambiado, al punto que la vida humana se ha extendido, lo que, entre otras cosas, mantiene preocupados a los pensionólogos.

Para un aficionado a las fisonomías, como el suscrito, José, el buen amigo, el compañero jefe y el colega, es de las pocas personas que no registra un cambio en sus facciones desde hace, tal vez, cuarenta años. Podía parecer en aquellas fechas prematuramente viejo como ahora se le ve prodigiosamente joven.

Le reproché al El Espectador de entonces que no se le hubiera dado a este esforzado la oportunidad de constituirse en director en propiedad del diario, cuando el crimen arrasó con su más importante cabeza y con la sede misma al finalizar la década de los ochenta.

Formado en el periodismo desde los trece años, el púber despabilado y trabajador dio paso al hombre del arado periodístico, que labró surcos y galeras y fundió metales de linotipo, con el ítem maravilloso de ir al paso de la tecnología, o uno adelante de las nuevas exigencias y facilidades, arrastrando consigo a los que se fueran quedando en el pasado.

Conocedor del mundo, como pocos, viajero satisfecho, profesor universitario, le alcanzó la vida y el tiempo, sin menoscabo de su consagración, para dar pábulo a sus gustos y para no sacrificarlo todo en el descomedido holocausto del trabajo.

Hace muchos años lo visitábamos en su lecho de enfermo, de cierta gravedad, en compañía de María Jimena Duzán y de la muy amada Consuelo Araújo, porque el Mono se nos iba. Pero quién sabe para dónde, ya que más bien emprendió viajes con feliz retorno y trajo historias no contadas del mundo de sus sueños, sueños realizados, en compañía de su querida esposa y de sus hijos, que vimos crecer.

Del Mono, García Márquez y La hojarasca anécdotas hay, contadas por el propio Salgar risueñamente, cuando al parecer quiso desviar a Gabo de los que pudieron parecerle deslices literarios, ajenos al periodismo. El manuscrito del folleto en mención se lo había hecho llegar el hoy Nobel al jefe de redacción de entonces, para su opinión crítica.

Razones tenía Salgar, tan escueto y claro en su expresión, tanto noticiosa como de opinión, precavido de aquellos que relatan novelas para contar historias reales. Gabo, no hay que decirlo, se desbordó, demostrándose que el mejor maestro no siempre puede presagiar al genio.

Qué vida plena la de José Salgar y cuánta sabiduría y honestidad incorporada a un oficio, que lo ha convertido, como dijera de don Luis Cano la revista Semana, en “un tipo de imprenta”.

Viva por muchos años este inefable Hombre de la Calle, el creador de las coletillas y —si es el caso— que nos entierre a todos. Qué caray.

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