Por: Rodrigo Lara

¿Una constituyente?

Una constituyente es un salto al vacío. Una caja de Pandora para pescar en río revuelto, que debilita un proceso de fortalecimiento institucional y que retrata a un país en trance permanente, víctima de constantes apoplejías constitucionales.

Es una verdadera manía la de reducir todos nuestros problemas al simplismo de los cambios legales. La ley hace tiempo perdió en nuestro país el carácter sagrado porque la manoseamos y la convertimos en un catalizador de frustraciones. Los constantes cambios legales parecen un escapismo narcótico del que no nos podemos librar; al cambiar una ley, el país se imbuye en una ilusión de grandes mejoras sociales, para luego aterrizar otra vez en la misma patente realidad.

No conozco un solo país que haya logrado grandes transformaciones sociales a punta de leyes. Los grandes pasos de una nación se logran con voluntad política, pero en Colombia hacer leyes se convirtió en el manto con el que se lavan la consciencia los que no quieren hacer nada de fondo y los que buscan sus quince minutos de gloria legislativa.

Es bastante pintoresco observar cómo algunos evalúan la gestión de un congresista por el número de leyes que alcanzó a fabricar.

El verdadero termómetro de un sistema serio de bancadas es el control de los órganos centrales de un partido a la proliferación normativa y a la coherencia de la creación legislativa.

Una constituyente, con una Carta Magna que cuenta con apenas 21 años, es una expresión de absoluta inmadurez política y denota la irresponsabilidad de una oposición que es capaz de anteponer sus prioridades políticas a la salud institucional del país.

¿Cómo puede un grupo político presentarse como defensor del orden institucional y de la confianza inversionista, cuando al mismo tiempo pretende embarcar a un país en la reforma de la Constitución con el fin de satisfacer su propia coyuntura electoral?

Las constituciones sólo maduran con el tiempo. La de 1991 fue una tregua en una sociedad atravesada por profundos conflictos y pugnas políticas. Se trató de una apuesta a futuro que no podemos permitir que se desmantele por vanidades y rencores políticos.

 

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