Conversatorio de Colombia 2020

hace 5 horas
Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una “constituyente” educativa

Si la remuneración y la atención en salud de los maestros son problemas graves, mucho más lo son los niveles de la confianza y estima del país hacia su educación pública. 

Los maestros, y la discusión sobre los asuntos educativos aparecen esporádicamente en el escenario nacional con motivo de los paros que, como ritual de características previsibles, se desatan cada vez que el gremio no resiste más las condiciones en las que tiene que trabajar. Entonces se escenifican nuevos episodios del drama itinerante de nuestra educación. Por una parte con desfiles, pancartas y proclamas que no han cambiado de contenido en medio siglo, porque los problemas de siempre siguen sin resolver. Por la otra, con la conocida respuesta de las limitaciones presupuestales y el llamado al retorno a las aulas, para que los niños “no se queden sin educación”. 

Detrás de las negociaciones, y de las inculpaciones mutuas entre el Estado y sus educadores, se lleva a cabo una especie de competencia por conseguir la comprensión y el apoyo de la sociedad. Competencia que cada gobierno lleva perdida en donde más interesa, que es en el alma de los niños y de los padres de familia del amplio sector educativo oficial. Ello no puede ser de otra manera, pues los estudiantes están mucho más dispuestos a apoyar a su maestro que a un gobierno lejano y anónimo que de vez en cuando descalifica a quien es la luz de su proceso escolar. Y cada padre está dispuesto a apoyar a quien le ayuda a criar a sus hijos en el recinto familiar de las aulas. 

Cerrado el episodio de cada paro, los maestros regresan aparentemente a la oscuridad. No vuelven a figurar en los noticieros, pero eso no significa que dejen de hacer lo que saben hacer, y lo que han hecho siempre, allí con los niños otra vez en el contacto diario, sin gobierno ni prensa ni opinión pública de por medio. Entonces continúan iluminando a la niñez, todos los días, con sus explicaciones sobre el mundo, la inducción a descifrar misterios y a descubrir secretos, la enseñanza del porqué de las cosas y la formación del carácter de cada quien. Y es allí, en el misterio insondable de las posibilidades de la educación, donde la discusión pierde infortunadamente el interés nacional. 

Los colombianos deberíamos preguntarnos de vez en cuando qué es lo que se enseña en las escuelas, y por qué razón se enseñan unas cosas y otras no. En qué consiste el entrenamiento que en las aulas se adquiere para la vida, para ejercer un papel en la sociedad, y para buscar la realización personal. Todos deberíamos saber quién toma, con qué autoridad, con qué experiencia, sobre qué fundamentos y con qué finalidad las decisiones sobre el contenido de los programas escolares y de la orientación de nuestros procesos educativos. 

Esos asuntos fundamentales nos deben interesar a todos, sin excepción, pues no cabe duda de que el rumbo que tome la corriente principal de nuestra sociedad dependerá de lo que se enseñe, o se deje de enseñar en las escuelas. No nos podemos equivocar con la idea de que los profesionales se forman en las universidades, pues allí llegan a especializarse, sobre los pilares de una formación básica que es justamente la que les permite prepararse con acierto en la profesión que hayan escogido para hacer una y otra cosa en la vida, y con su vida. 

A pesar de que hay pontífices que predicen la desaparición de los maestros, para que el turno lo tomen antropoides diseñados para programar a la gente como servidora de uno u otro propósito, dentro de un sistema en el que la condición humana se vea reducida a servir en algo muy puntual, sin pensar demasiado ni opinar sobre el destino común, nosotros, gracias a nuestro atraso aparente, tenemos todavía la oportunidad de hacer de la educación un elemento promotor del ingenio, la creatividad, el humanismo y la libertad. 

Claro que no faltarán quienes consideren que más bien nos debemos sumar al proyecto de otras sociedades, a las que tratan de seguir sin escrúpulos ni reservas. Pero, si queremos discutir, en lugar de que otros nos impongan lo que les convenga, sobre la sociedad que queremos, vale la pena realizar un debate amplio, en el que se escuchen muchas voces, tantas cuantas sea necesario, para tratar un asunto de semejante importancia. Y en ese debate deben estar presentes, de principio a fin, los maestros. Esos maestros que tenemos, cuyas calidades en muchos casos son ignoradas, por descuido o por prevención. Servidores de la educación que, en veredas, a veces a varias horas de camino de los centros urbanos, y también en barriadas donde viven millones de personas marginadas, en este país caracterizado por la desigualdad, son los únicos que se preocupan y viven en torno al ejercicio y la promoción del pensamiento.

Ya es hora de que a los maestros les invitemos a ocupar de nuevo el lugar de honor que les corresponde en lo profundo de nuestras comunidades, de donde fueron sacados para que se volvieran unos servidores anónimos del Estado, como si su labor fuera comparable a la de operarios de una empresa en la cual no tienen sino que cumplir órdenes y reclamar su sueldo. Ellos tienen mucho que decir, dentro del propósito de hacer de Colombia “la más educada”, que debería ser la mejor educada, y que solo podría llegar a serlo con el compromiso de los maestros y con su contribución a un gran propósito nacional en torno a la misión que les corresponde.

El hecho de que un gobierno, por primera vez en la historia, haya puesto la educación dentro de sus tres grandes propósitos, es una buena oportunidad para que se desate cuanto antes un gran debate nacional sobre el futuro de nuestra educación. El contenido de los programas educativos debe estar en el centro de esa discusión, para que todos sepamos qué, y por qué, se debe aprender en las escuelas. Que la meta no sea la de figurar en buen lugar en pruebas internacionales que jamás son neutrales y llevan por dentro prioridades y contenidos que no tienen por qué ser integralmente los nuestros. Que le permita al país formular un proyecto educativo nacional que sea complemento de nuestras aspiraciones de desarrollo científico y humano. Que no nos aparte del conocimiento de nuestra trayectoria, de nuestra variada realidad regional, de nuestra riqueza y de nuestras posibilidades, en un mundo sin fronteras y en plena transformación. Que nos permita conseguir acuerdos fundamentales sobre el tipo de ciudadano que deseamos formar. 

Si queremos buscar nuevos horizontes, marcados por un modelo de desarrollo democrático, en el que no haya reductos de pensadores y condena de las mayorías a la realización de tareas operativas, deberíamos organizar una especie de “constituyente educativa” que tome esas definiciones trascendentales. Si el Estado colombiano fue capaz de discutir su propio futuro con los rebeldes que tomaron las armas para tratar de cambiar el sistema político y la organización de la sociedad, seguramente estará dispuesto a dialogar con los maestros, desarmados, y con todos los que quieran tomar parte en esa gran discusión, clave, tanto como la paz, para el futuro de la nación. 

 

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