Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Una construcción

La marcha por la paz del martes pasado no sólo fue un éxito cuantitativo, sino que le dio voz al proceso de paz, algo que éste estaba necesitando desesperadamente.

Una cosa es preservar con rigor la necesaria confidencialidad de lo conversado en la mesa. Y otra olvidar el hecho de que la paz es el tema político por excelencia. Y por consiguiente, aunque se puede concebir y necesitar una paz cauta y discreta, no cabe en la imaginación una que sea a la vez viable y muda.

Algo muy importante fue el carácter plural de la movilización. Estuvieron el presidente, Marcha Patriótica, oficiales de las Fuerzas Armadas y la Policía, líderes campesinos, el fiscal general de la Nación, estudiantes, congresistas. Esta capacidad de atravesar barricadas es un excelente síntoma. Tanto a nivel colectivo como individual, va dejando marca. Los otros días asistí a un evento en Fescol, y me encontré con Iván Cepeda, quien, con discreta dignidad, tenía levantada la manga derecha del pantalón. Lo confieso: no entendí el gesto hasta que me lo explicaron. Es que era el día contra las minas antipersonales. Y este líder de izquierda estaba participando con entusiasmo en, y portando el símbolo de, una causa que la opinión identifica con el sistema y la Fuerza Pública (en donde se concentra el grueso de las víctimas de las minas). Gestos así, que saltan por encima de estereotipos y expectativas mutuamente hostiles, valen más que miles de discursos.

Obviamente, después de la fiesta viene la dura pero necesaria tarea de poner la casa en orden y enfrentar los desafíos que vienen. La paz todavía está a medio camino —qué digo: a un quinto de camino—, y tiene tanto obstáculos como enemigos. Entre estos está obviamente el procurador general de la Nación, quien no ha hecho nada para disimular su apasionamiento belicista. Ordóñez es un puritano, según la definición del genial ensayista estadounidense Mencken: una persona a quien le molesta la sola idea de que alguien más, en algún lugar, la esté pasando bien. Pero querer ya no que no disfrutemos, sino que además nos sigamos matando, es ir un poco demasiado lejos. Aquí no acaba la lista, claro está. El energúmeno señor Uribe —quien en realidad debería estar dedicado a responder por la ristra de crímenes e inverosímiles actos de corrupción ocurridos durante su gobierno, algo a lo que volveré muy pronto— es el más prominente. Obviamente, es alguien que sabe hacer política y hacerse temer, así que no se trata de un simple espantajo. ¿Y cómo entender las declaraciones del ministro de Defensa? Pues decir que las Farc son como las bacrim, o que la Marcha Patriótica no es más que un emprendimiento cocalero e ilegal, tiene como principal efecto deslegitimar aparatosamente a Santos. Si todo eso es cierto, ¿para qué montarse en un proceso con ese grupo? ¿Y por qué diablos sale a la calle el presidente cuando el que convoca es un agente ilegal? Pero si es que es precisamente eso lo que está diciendo Uribe a los gritos cada media hora en sus compulsivos trinos.

Pero todas estas estridencias y problemas son apenas el comienzo. Allí donde la paz ha fructificado, ha sido después de un cuidadoso proceso de construcción, con aportes que provienen de muchas partes. En su alocución del sábado, Santos recordó que después del asesinato de Gaitán no hemos tenido un solo día de respiro. Medio siglo largo en estas. Ya está bueno. Tenemos el derecho, y la obligación con las generaciones del futuro, de tratar de acabar con esta pesadilla. Y sabemos que se va a necesitar mucha política de la buena para lograrlo. El martes vimos que, al menos, la cuota inicial —el apoyo masivo, la calle— está ahí. Los que no nos hemos olvidado de lo que puede significar la paz para este país somos millones.

 

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